“En la obra participan varios códigos artísticos que complican la interpretación y pueden confundir al espectador”

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Andalucía al Día, donde todo tiene arreglo

Donde todo tiene arreglo es una obra de pequeño formato (dos actores y una actriz) que mantiene la regla aristotélica de las tres unidades: unidad de acción (la obra nos cuenta, sin desviarse en tramas secundarias, la historia de un empleado y una becaria en una oficina muy particular, presidida por un jefe histriónico y excéntrico); unidad de tiempo (asistimos a una única jornada laboral, desde la mañana hasta la tarde, en la que se desarrolla todo el conflicto y se conserva la linealidad, no hay analepsis, para no traicionar la unidad de acción); y unidad de espacio (únicamente vemos la oficina y toda la acción se despliega en ella). Este espacio tiene una estética muy cuidada: un color asignado a cada personaje, tanto en el vestuario como en las luces que los envuelven; unos cuadros llamativos; y en el fondo una pared restaurada de la casa de la Moneda, estableciendo un contraste muy interesante con el resto de la escena. Sin embargo, a veces no parece que haya un contenido en esta estética, es decir, no sabemos si cada color significa algo diferente (si dota a cada personaje de una personalidad específica, por ejemplo) o cuál es el mensaje de esos cuadros en una oficina (una mujer cubierta de moscas, pongamos por caso).

El teatro neoclásico se valía de estas reglas para criticar los vicios de la sociedad de la época y para proponer nuevos modelos de conducta. En Donde todo tiene arreglo no se propone ninguna solución, ningún modelo a seguir, lo cual no tiene por qué ser un defecto: a menudo el teatro pretende dejarnos con la sensación de no haber salida. Lo que sí parece un problema es esa crítica a los vicios, pues entiendo que intenta ser extensible a la sociedad entera, cuando es difícil extrapolar lo que sucede en esa oficina más allá de sus paredes. El mensaje podría resumirse en que en nuestra sociedad los dirigentes no trabajan, viven en una especie de esquizofrenia y obligan a sus empleados a seguirles el juego, fingiendo estar muy ocupados cuando no existen ni siquiera clientes. Se antoja una interpretación, cuando menos simplista, de una problemática tan compleja como es el mundo laboral en la actualidad, sobre todo teniendo en cuenta que la globalización vuelve esta problemática universal.

Y no solo eso: en la obra participan varios códigos artísticos que complican la interpretación y pueden confundir al espectador. Los códigos de cualquier obra artística se establecen al principio con el receptor, que debe aceptarlos; se trata de una especie de contrato que no se ha de incumplir en ningún momento. Sin embargo, al comienzo de Donde todo tiene arreglo asistimos a una escena de teatro del absurdo, que nos permite creer que una oficina de estas características puede existir porque, sencillamente, sus reglas no son las reglas del mundo real. No obstante, cuando aparece la becaria esto se trunca, ya que este personaje es realista y cambia las reglas de interpretación al público asistente: ahora la justificación no parte de la obra en sí, de su universo propio, sino que tiene que sostenerse en lo que conocemos del mundo exterior, y es donde no resiste la comparación, pues ninguna oficina tan estrambótica podría sobrevivir en el mundo real. Cierto es que en este personaje opera una evolución que la acerca a los otros personajes, pero nunca del todo, ya que la becaria es plenamente consciente del doble juego de realidades.

Eugène Ionesco lo deja claro en sus obras. El absurdo preside La lección, por ejemplo, desde el inicio al fin. Y esto no impide que el público llegue a unas conclusiones extrapolables al mundo empírico. De hecho estas conclusiones son mucho más rotundas que en una obra realista, ya que para llegar a ellas no solo hace falta la inteligencia, que también, sino la intuición, y casi el inconsciente, de un modo similar a lo que sucede en el Surrealismo. De ahí que esas conclusiones, que se han saltado varios filtros de nuestra conciencia, sean tan poderosas. Quizá si Donde todo tiene arreglo hubiera seguido esta regla habría sido también más divertida; quizá sea una dificultad de guion ya que, además de lo dicho, el texto no despierta la risa, y la catarsis que propone el personaje de la becaria es de difícil cabida. Los actores hacen bien su trabajo, pero resultan un poco monótonos y lineales a lo largo del espectáculo, lo que podemos interpretar como un escollo no salvado por la dirección, sin desmerecer el trabajo y trayectoria tanto de Luis Felipe Blasco Vilches como de Julio Fraga. Al fin y al cabo todo tiene arreglo.