48 Horas de Deliberación

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Iago González, profesor en Elocuencia en la Escuela de Oratoria | @iagogon

Si te dedicas al mundo del Debate de Competición, tarde o temprano, alguien te va a preguntar tu opinión sobre el debate del 7D. Yo, sabiéndome menos capacitado que los expertos, he decidido dejar mi resultado aparte, puesto que dar un ganador o un perdedor desde mis conocimientos tampoco aporta muchas soluciones.

Sin embargo, 48 horas después, asisto con asombro a una marea de opiniones que me desconciertan. Algunas son de verdaderos expertos, que analizan el debate en clave de lo que aporta cada candidato, otras son de compañeros del mundo del debate o periodistas. Son estos dos últimos grupos los que me han empujado a aporrear el teclado, puesto que parece que sus reflexiones no consiguen estar libres de ideología y juicios previos, como sí debe de estarlo el juicio emitido por un debatiente.

He leído de todo, desde que la “enorme” Soraya Sáenz ha sabido cautivar al público con sus 25 segundos de discurso emocional, que el “dinámico” Albert Rivera ha sabido mantenerse tranquilo y pausado, que Pablo Iglesias no explica y ha hablado para un público demasiado culto, e incluso he alcanzado a leer como algunos se han dado mucha PRISA en encumbrar a Pedro Sánchez, desterrado por los demás al fondo del ranking.

Es importante que nos demos cuenta de que carece de sentido analizar este debate de forma competitiva. Cada uno de los participantes jugaba a un juego distinto y cada uno, a su manera, ha logrado un objetivo diferente.

Rivera, experto en debates, pretendía afincarse en las contradicciones de sus rivales, haciendo hincapié en sus incoherencias. Sánchez pretendía ganar en propuestas, por lo que siempre habló en clave electoral, para así imponerse a un podemos que le gana en lo ideológico. Sáenz debía representar al gobierno, ser incisiva e intentar demostrar que han tenido aciertos, aunque el mayor de ellos haya sido mandar a un verdadero talento político a debatir, y no a Rajoy. Iglesias, por su parte, jugaba la carta del mejor orador, que no necesitaba meterse en ataques argumentales, si no ser – con diferencia – el candidato más respetuoso, saber tender puentes en cuestiones puntuales y meter magníficos toques de emocionalidad en su discurso.

Cada orador ha ganado para su público y a su medida, que no nos engañen, aunque este debate ha tenido un magnífico nivel y supone una gran renovación, los políticos no han debatido para el gran público, si no que han hablado de lo que más les convenía y como más les convenía. Todos tenían algún objetivo: marcar diferencias con otros partidos, resarcirse por no haber leído a Kant metiendo una cita célebre, tomarle el pelo a Rajoy por no estar en el debate o incluso enviar un mensaje a las adolescentes “de mujer a mujer”.

Seamos críticos con las opiniones que leemos, lo verdaderamente importante son los pequeños regalos que el debate nos hace, situaciones que crea y que nos permiten saber un poco más sobre nuestros candidatos. Sabemos ahora que Sánchez no está a la altura de sus competidores, que a Rivera le pueden los nervios, que puede que aún no esté preparado para soportar la tensión de un gobierno. Sabemos que Sáenz supera a su jefe en estar artes, aunque por momentos nos resulte del todo antinatural y sabemos que Iglesias se siente cómodo en un atril, sabemos que puede representarnos en un debate, aunque quizás un día se dirija a la nación para decir aquello de “tranquilo, pueblo, no te pongas nervioso”.