50º Aniversario

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Partamos del concepto de “revolución” contenido en el diccionario de la RAE,que lo identifica con cambios profundos en las estructuras sociales y económicas de una comunidad.

Cuando en el año 1968 todavía vivíamos los españoles inmersos en la sima de la dictadura, en Francia estallaron una serie de protestas que pretendían una auténtica revolución social. Los franceses, acostumbrados a los cambios profundos en su país, le dieron la importancia que tenía, que era mucha, pero aceptaron el movimiento como las fiebres infantiles: les llevaría a crecer como sociedad, a la vez que contagiarían al resto de sociedades europeas y del primer mundo. Nosotros por desgracia, por el hermetismo al que estábamos sometidos, no pertenecíamos a ese primer mundo; nos quedaba más de una década para llamar a las puertas de la Europa habituada a los regímenes democráticos. Por aquellos entonces, el que firma estas líneas tenía 14 años y estaba estudiando en un centro religioso adelantado años luz al resto de la mayoría de instituciones académicas.

Tuvimos la suerte los estudiantes de aquel seminario de Pilas (Sevilla), de ser visitados por un sacerdote francés que nos ilustró sobre la Revolución del Mayo Francés. Por cierto, que su información no coincidía con la que “ofrecía” la prensa de nuestro país. Lógicamente, el tiempo nos demostró que la del cura francés era mucho más ecuánime, cierta y veraz que la de los periódicos de nuestro país, sujetos a una rígida censura ideológica y política. Volviendo la vista atrás, hemos recorrido la friolera de 50 años, medio siglo de nuestras vidas, que debieron haber sido para avanzar y que al tiempo actual nos mantiene estancados, por ser un tanto generosos, en los mismos planteamientos de la década de los 60 del siglo pasado en nuestro país. Eso sí, hemos avanzado: ahora podemos depositar nuestro voto en las urnas para elegir a nuestros “representantes” entre una amplísima nómina que nos proponen los partidos del sistema “democrático”.

Volviendo a la visita del gabacho, al que por cierto recibimos con los sones de la Marsellesa, la información que nos facilitó hizo que el sarpullido del sarampión democrático nos produjera, a la larga, el convencimiento profundo de respeto y aceptación real de la democracia, pero de la democracia plena, no de la pantomima que hace pasar por tal el sistema. Los discursos incendiarios de Daniel el Rojo, el levantamiento de barricadas, el uso de adoquines por los estudiantes como defensa frente a las pelotas de goma de la policía, las algaradas callejeras, la unión de la clase obrera francesa y más tarde de la clase media, a los estudiantes iniciadores de las protestas, los lemas de “Prohibido prohibir” “Pidamos lo imposible”… eran música celestial para nuestros jóvenes, todavía adolescentes, y soñadores oídos.

Cuando despedimos al cura francés, todos los estudiantes, formalmente seminaristas, teníamos claro que es lo que pretendían los revolucionarios: Cambiar radicalmente la sociedad, barrer literalmente el sistema impuesto por una clase minoritaria y dominante. ¿Que coincidía con las previsiones y estrategias de Carl Marx?, es posible, pero en el fondo era la exigencia de la abolición de unas desigualdades injustas y que se venían arrastrando desde tiempos inmemoriales. Unas brecha que ni siquiera la revolución francesa de 1789 consiguió eliminar. Era una revolución pendiente que seguía hibernando en la conciencia colectiva de los ciudadanos del país vecino, tal vez por eso tuvo tanta repercusión.

Aquellos días del Mayo Francés, terminaron con la convocatoria de elecciones generales por Charles de Gaulle, que supuso su final político y con ello a la desaparición de un símbolo de orgullo galo que no tuvo los reflejos de adaptarse a las nuevas exigencias sociales y a los aires de renovación que recorrían el viejo continente. Luego vinieron, con enorme celeridad, las nuevas conquistas, los reconocimeintos de derechos ciudadanos, el acceso de las capas populares a la cultura, el abandono de liderazgos trasnochados, la toma de conciencia de la clase política de que eran representantes del pueblo… todo un repertorio de cambios profundos en la forma de concebir la nueva sociedad y las relaciones sociales.

En España recorrimos bastantes años más tarde el mismo camino, pero sin algaradas ni convulsiones sociales: fué la llamada transición democrática. Con la llegada de la democracia a nuestro país, accedimos a formas y costumbres habituales en el resto de Europa. Los derechos sindicales, el derecho universal al voto, la libertad, el reconocimiento de la ciudadanía, el derecho al acceso a la cultura, etc fueron abriéndose camino en la nueva sociedad española, y también las obligaciones como ciudadanos. No es cuestión de entrar en detalles, pero por lo que experimentamos algunos años más tarde, actualmente, aquellos avances se quedaron en la superficie de las formas, lo que podríamos llamar una involución de los derechos de los ciudadanos. Algo tan frecuente como la negociación colectiva, el derecho de manifestación, el derecho de información y otras tantas cosas han pasado al limbo de las ideas justas, ese limbo del que tienen la llave los poderes reales y no los ciudadanos.

En Europa pasa otro tanto de lo que pasa en nuestro país. Las mejoras sociales conquistadas han retrocedido hasta cotas de los años 50: los sistemas de pensiones han sido dinamitados de forma más o menos silenciosa y con disimulo, el derecho a la sanidad pública y de calidad prácticamente es un recuerdo, el acceso a la enseñanza universitaria se ha trocado por la formación de técnicos industriales que resultan ser una mano de obra más barata a la vez que más obediente, la ley no es igual para todos, etc. El dominio de los sistemas financieros ha sustituido a la antigua nobleza. 50 años después, la involución general campa a sus anchas por las calles de nuestro continente.

Dejando de lado las ideas y las formaciones políticas, los ciudadanos tendremos que retomar la revolución pendiente, la que nos lleve a cambios profundos, y a consolidar, sin posibilidades de retorno, el concepto de ciudadanía total.