A veces todo se acaba

228

A veces todo se acaba. Porque el disparo de nieve de Silvio sale de la partitura para no verte siempre, ni en todos los segundos, ni en todas los visiones. Y al principio no lo comprendes. Y te lanzas al oráculo de Delfos en busca de doce trabajos que restituyan aquello que tu razón considera despiadado. A veces, el frío del otoño y los cirros que camuflan el sol impiden el perenne florecimiento de los árboles. Y el suelo se cubre de hojarasca que otrora fue fasto.

A veces todo se acaba sin más. Porque acabarse no es desaparecer, sino empezar de cero. Que algo se termine es conditio sine qua non para volver a edificar sobre cimientos más sólidos. Si Almanzor no hubiera arrastrado las campanas de Santiago hasta Córdoba, Compostela no tendría hoy la fachada pía más ecléctica y exquisita que bebe de los más diversos estilos arquitectónicos. Y si Budapest no hubiera sido sitiada por alemanes y rusos, hoy no sería conocida como la capital de la vieja Europa que posee mayor encanto. Es el principio de la termodinámica. El orden dentro del caos. El ciclo sin fin. Las cenizas del fénix. El renacer del humanismo tras la destrucción de la Edad Media.

A veces todo se acaba porque se termina. Porque el fin justifica el principio, que no los medios. A veces todo se acaba del mismo modo en que empezó. Una noche, una ocasión, unas circunstancias, dos inercias opuestas. Todo tiene un tiempo, una evolución. Y el final es parte del proceso, del método, de la metamorfosis. El último suspiro de un anciano nonagenario y el primer llanto de un neonato prematuro. Todo lo que termina coincide con algo nuevo que empieza. Y lo que empieza suele ser superior por el simple hecho de estar rebosante de energía. Por el simple hecho de querer ser. Porque a lo que termina, puente de plata. Porque ya ha demostrado, terminando, que no quedaban parches en la maleta con los que tapar los agujeros por los que se escapa el aliento. Porque como dijo Michael Stipe, “is the end of the world as we know it and I feel fine”.

A veces todo se acaba después de una existencia sublime, suprema, majestuosa. Y esos son los adioses que se enquistan como una estaca en el pecho y que retuercen las palabras atrofiadas en el diafragma. Porque el recuerdo es igual de hermoso que lacerante, cuando escama la piel y eriza el vello. A veces todo se acaba porque la primera cláusula de la competición es que no se puede ganar siempre. Y no ganar no tiene por qué ser sinónimo de perder. A veces no ganar es la única vía para volver a la senda de la victoria. De volver a descorchar botellas de cava y sentir el peso de los metales anudados al cuello bajo el aroma de la corona de laurel.

Porque a veces todo se acaba. Y porque las eras y los ciclos están marcados por la hegemonía, por la dominancia, por la moda. No estar de absoluta y rabiosa actualidad tampoco es equivalente a estar defenestrado. Se parece más a estar agazapado, lamiendo las heridas y corrigiendo los errores para volver a emerger en la arena dónde los luchadores dirimen si ser vencedores o vencidos. Porque sí, a veces se acaba todo pero no hay que olvidar que siempre “volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala en sus cristales, jugando llamarán”.