Acostumbrándose al atril

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Hace un tiempo, a causa de la polémica del escrache que impidió el desarrollo de la ponencia de Felipe González en la madrileña Universidad Autónoma, Fernán escribía en este mismo diario que era mejor ganar un debate que no dejar hablar. Estoy completamente de acuerdo, pero quizá es que esa misma reflexión no está interiorizada en nuestra sociedad, y el debate, a menudo entendido como sinónimo de conflictividad, se rehúye y evita, no sé si por miedo a crear un enfado innecesario o si es por falta de confianza sobre nuestros argumentos. El caso es que se ve el debate como algo mágico, no lo entendemos, y la tendencia social contra aquello que no se entiende es tener miedo, odiarlo, y si puede ser tirar piedras. Como anécdota, aún recuerdo cuando empecé a conocer a mis compañeros de facultad en 1º de carrera, uno de ellos dijo que había dos cosas de las que no había que hablar nunca: fútbol y política. Precisamente por lo controvertidas que solían ser las opiniones; controvertidas y en muchos casos irreconciliables.

Intentaré explicar que esto se debe a 3 factores principales, y luego daré una opinión de cómo se podría abordar la situación.

En primer lugar, y permitiréis que despache esto con cierta rapidez, tras casi 40 años de vida bajo un sistema dictatorial que ha excluido de la vida pública el debate sobre una gran cantidad de temas adolecemos en este país de una falta de cultura del debate arraigada como ocurre en otros lugares. Gracias al cielo llevamos ya 38 años con un marco constitucional democrático y abierto con el que vamos corrigiendo el tiro, pero aún tenemos mucho que hacer. Evidentemente nadie teme a represalias políticas por expresar sus ideas, pero es evidente que sí se temen represalias sociales, aunque sea de manera implícita.

En segundo lugar, padecemos un mal endémico: el miedo al fracaso. El miedo al fracaso es un cáncer social que limita tremendamente nuestro desarrollo personal. Hay que cultivar desde edades bien tempranas un cambio de perspectiva sobre los errores. Fracasar no es más que una oportunidad para crecer, mejorar y aprender, y no hay que tener miedo a que nuestras tesis no triunfen en una discusión, porque en realidad en la mayor parte de debates que mantenemos en nuestro día a día, el objetivo no debería ser convencer, sino que nuestras posturas sean entendidas por la otra parte, ya que es muy normal mantener conversaciones en la que las partes mantengan posiciones inamovibles; ahí ser entendidos es un triunfo.

Y en tercer y último lugar: existe una creencia suficientemente extendida de que “hablar bien” es una especie de don natural: que el orador nace, y no se hace. Además, hay mucha ignorancia sobre el arte de la argumentación. Destaco que el orador se hace, aunque haya quienes tengan una predisposición clara. Cuando Robinson Crusoe aparece ante unas tribus indígenas y dispara su escopeta de pólvora, los integrantes de la tribu se quedan paralizados por el miedo ante el estruendo de aquel artilugio tan extraño. Creo que aunque no sería tan extremo, presentarles una radio funcionando les causaría también un gran pavor. ¿Qué quiero decir con esto? Que no conocer cómo funcionan las cosas muchas veces nos hace reaccionar con miedo o rechazo, pero el arte de la argumentación no es magia, es técnica, y conocer las reglas con las que funcionan los procesos lógicos de creación y deconstrucción argumentativa puede ser muy beneficioso.

En definitiva, existen ciertas causas que explican por qué estamos como estamos. Sin embargo, esto puede ser evitado a medio-largo plazo instrumentando formación al profesorado para que de manera transversal el alumnado se acostumbre al estrado y el debate, y tenemos a nuestra disposición asignaturas como lengua y filosofía en las que se puede explicar los fundamentos teóricos que nos permitan entender la argumentación y poco a poco perder el miedo a hablar en público.