Actitudes que quitan el frío, pero no quedan bonicas

Puñetero frío de mis angustias.

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El tiempo, según Europa Press, declara que el grajo volará bajo.

De un tiempo a esta parte sufro de la elección entre obsequiar al mundo con la visión de este cuerpo olímpico que, envidiado por el propio Apolo, paseo por las inhóspitas calles de Madrid y, muy al contrario, estar saludable. Mas no de esa gente saludable a la que todo el mundo dice “¡hola!”, saludable en cuanto a que me gustaría disponer también de más salud, manque sea por venderla, pues también en cuanto a jurdeles está la cosa tensa.

Y es que en este invierno que oficialmente no ha llegado (Dios nos libre) y que seguramente patrocine Amancio Ortega, ya se nota un frío semejante al que sufro cuando le marcan un gol al Betis, pero más extendido en el tiempo, como si en vez de gotas de sangre tuviera yo escalofríos y éstos me recorriesen de arriba a abajo.

Señalaría, si me lo permiten, dos actitudes a seguir en caso de que prefieran conservar la salud y no el atractivo, todo lo cual, dicho sea, no es mi caso, pero el diario que leen quiere volcarse en la democracia dando pie a todas las opciones tanto políticas como de vestimenta.

Lo primero y seguramente más necesario: lleven pantalones. Se antoja obligatorio. No ya sólo por el miedo que a veces da el sentarse en roca fría (o lo que es peor, en palo enhiesto), sino porque resguarda de las congelaciones en la retaguardia.

Pros: Quita frío, quien vaya au naturel tendrá por protección su vellocino, pero, cuidado, esto también es congelable.
Contras: Te condena a tener el culo blanco todo el año. El look monjil estaba bien en el S. XVII, pero de ese siglo sólo deberíamos quedarnos con esos pantalones bombachos que tanto se echan de menos en palacio, recibiendo a otros monarcas, o en el parque, de pic-nic con la Corte.

Lo segundo: Pónganse una rebequita. Es triste, pero es así. La rebequita quita a ellas de lucir escote y a ellos de lucir abdominales, créanme que sufro por lo segundo, pero es cierto que ponerse una rebequita es ponerse una capa de visibilidad contra el frío.

Pros: Te da gustirrinín (si la lavas).
Contra: Tanto gimnasio para nada, ¿Dónde pongo lo hallado?, que canta Silvio Rodríguez. El otro día me puse una rebequita y me pregunté: ¿Qué hago con tanto atractivo oculto? Como diría César Vallejo: “Ahora me pongo una rebequita/ ¿cómo hablar, luego, de cosas de por la tarde? “.

Siguiendo estos consejos podrás pasar un invierno sin resfriado ninguno, pero con menos sex-appeil que el pen drive de Monseñor Lagarto, que tiene los codos de copas y la cara de bastos. Siendo esto así y la democracia caprichosa, ustedes verán.