Algodón

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Tal vez la figura literaria relacionada con el algodón que más recordemos sea la del Platero de Juan Ramón Jiménez “Platero es pequeño, peludo, tan blando por fuera que se diría todo de algodón…”.

Dando una vuelta estos días por nuestros campos, ya empezando a vestirse de otoño por más que los meteorólogos se empeñen en decirnos que todavía estamos en verano, nos encontramos manchas blancas, unas veces muy extensas y otras tan minúsculas que parecen retazos de tela. Es la nieve del verano en nuestra Andalucía.

Los llanos inmensos de nuestra tierra, la campiña y la vega del río que recorre, riega y da vida a la tierra que nos vio nacer, en la que hemos crecido, nos hemos hecho mayores, hemos reído y sufrido, en la que nos hemos enamorado y desengañado, está salpicada de “nieve” veraniega o mejor dicho, de nieve otoñal ya que el algodón está en su plenitud y se recoge en estos días del mes de septiembre. Y como los andaluces, salvo excepciones, no vemos la nieve más que en las pantallas televisivas, nos podemos hacer la ilusión de tener nieve en verano, la nieve del algodón que nos dice que el verano se va marchando y con él las calores y los agobios de las noches “tropicales” sin dormir. Ver esos paisajes de nieve en plena campiña andaluza o en las tierras calmas de la vega, es una gracia de la que no pueden disfrutar todos los seres vivientes, sólo algunos privilegiados, como los andaluces, tenemos acceso al espectáculo de la “nieve” de verano.

Me vienen recuerdos de mi infancia. Yo nací en un pueblo andaluz donde se perdía la vista hasta el horizonte contemplando las hileras de algodón y donde, cuando llegaba la hora de recogerlo, el absentismo escolar rozaba casi el 100%. No era casual, sino causal, que los niños no fueran a la escuela: los padres necesitaban el dinero para calmar los estómagos de tanto niño y pagar la cuenta del invierno de la tienda. Niños con 6 ó 7 años hacían compañía a sus padres y, con el morral amarrado a la cintura, se afanaban por llenarlo lo antes posible para vaciarlo en la saca hasta ponerla a rebosar y bien prieta. Yo fui una vez a coger algodón y terminé con las manos ensangrentadas: las “flores” no tenían espinas pero los filos y las puntas eran auténticas navajas. Dura vida al del campesino andaluz durante aquellos años.

La jornada de recoger el algodón empezaba con las claras del día y terminaba cuando el sol se negaba a seguir alumbrando. Las cuadrillas de cientos de personas, llenaban los campos blancos como si fueran hormigas, mientras los pueblos se quedaban desiertos durante el día y dormidos por la noche. Y con la puesta del sol acababa la “competición” diaria en la que uno de los jornaleros se proclamaba campeón del día, o campeona que también la mujer contaba ¡y mucho! Al final, 30 duros eran la recompensa que se reflejaba en la cara de satisfacción al recibir el importe, más que merecido, del trabajo. Los dolores de cintura, las heridas de las manos, la garganta herida de pasar sed y la cara achicharrada por el sol quedaban en segundo término.

Luego llegaron las máquinas. Al principio mal recibidas ya que suponía que la mano de obra, los jornaleros, empezaban a sobrar. Hubo huelgas, choques violentos y alguna que otra máquina amaneció quemada. Más tarde vino la amenaza del algodón egipcio, de peor calidad pero más barato que es lo que interesaba: en una sociedad materialista cuya finalidad es ganar más dinero, la calidad pasó a segundo plano. Y algo que nunca se dijo: las plusvalías se iban lejos, muy lejos de Andalucía.

Pero llegó lo peor, el peor enemigo del algodón: la aparición de las fibras artificiales más duraderas, más baratas y con un costo insignificante de la mano de obra por su nula, o casi nula, incidencia.

¡Ventajas del progreso!