¿Alguien piensa ahí?

El gran drama de los españoles es que en Moncloa tienen miedo a todo; a todo, menos al ridículo

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Europa Press

¿Alguien piensa ahí?”, se pregunta un gallego residente en Barcelona en uno de los pocos grupos de Whatsapp que aún aguantan la discusión cívica y civilizada. Ha ido a acompañar a su novia a votar en una localidad cercana a la capital, donde la gente aguarda pacíficamente la cola entre la emoción y la fiesta. Al mismo tiempo, La Sexta relata incautaciones de urnas y cargas policiales a unos pocos kilómetros. ¿Alguien piensa ahí?

Las imágenes hablan por sí mismas y sugieren un interrogante tan ingenuo como la actuación del Gobierno de España en esta jornada caótica. Si consideramos que celebrar un referéndum unilateral de autodeterminación es un delito, ¿cómo podemos consentir que la Policía prevarique al no actuar en la mayoría de colegios electorales? Y, si no es así, ¿acaso no sería más inteligente haber dejado que la gente votase y deslegitimar después unos resultados que no estarían avalados por la ley ni ofrecerían garantía alguna? Nos estaríamos ahorrando unas cuantas pelotas de goma y un bochorno que tardará tiempo en olvidarse. ¿Alguien piensa ahí?

La respuesta a esta contradicción tiene un nombre: miedo. Miedo a que se repitiese un 9-N, miedo a una participación masiva, miedo a un electorado sediento de mano dura, miedo a una prensa cainitapero miedo, también, a suspender la autonomía de Cataluña. Porque si este Gobierno quisiese conjurar sus fobias no habría dudado en aplicar el artículo 155 para evitar que lo que hemos visto el domingo se produjese. El gran drama de los españoles es que en Moncloa tienen miedo a todo; a todo, menos al ridículo. ¿Alguien piensa ahí?

El 1 de octubre quedará en la memoria de muchos como el día en que el Estado, desbordado, perdió el control de una parte de su territorio, dirigiendo su actuación arbitraria contra los colegios electorales donde estaban llamados a votar los líderes independentistas, mientras muchos otros catalanes lo hacían con total normalidad en aquellos centros que pudieron abrir sus puertas. Es decir, como el día en que no se pudo parar el referéndum y, al mismo tiempo, se regaló a sus promotores la imagen represiva que buscaban vender ante los medios internacionales apostados para la ocasión. ¿Alguien piensa ahí?

Si la falta de diálogo había convertido, por omisión, a Mariano Rajoy en uno de los responsables del fracaso colectivo que ha supuesto llegar al referéndum, su incompetencia manifiesta para abortarlo lo inhabilitará ante buena parte de la opinión pública española, que 24 horas antes ni se planteaba la posibilidad de que se llegase a producir una votación masiva. Se lo recordaba El Mundo en su editorial de este sábado: Rajoy empeña su palabra. Ya sin el vértigo del 1 de octubre, una parte del entorno de su partido le empieza a pedir cuentas, mientras que el PSOE, liberado, deberá poner sobre la mesa las tres salidas que se le presentan al presidente del Gobierno: rectificación, censura o elecciones. Estupefacción en Moncloa, donde se esperaba que la mayor crisis política desde 1978 solo pasase factura a una de las dos partes. ¿Alguien piensa ahí?

Mientras tanto, la democracia española ha devaluado su imagen en todo el mundo. En las últimas horas se han ido produciendo algunas reacciones políticas, que, si bien tímidamente, critican por primera vez la actuación del Gobierno en este conflicto, la prensa internacional ya se ha decantado y no hay más que darse un paseo por las redes sociales para comprobar cómo una gran mayoría de europeos compra el discurso del Govern, ofrecido a precio de saldo con los vídeos de la represión policial. Aun con poderosas razones para defender su punto de vista, Rajoy, ausente, ha perdido la batalla comunicativa, al confundir la realidad con su percepción, que es lo que realmente importa a ojos de la opinión pública. ¿Alguien piensa ahí?

Pero lo más grave de todo lo que ocurrió el domingo, lo que realmente va a generar un daño irreversible, es la síntesis de vergüenza y ofensa que sintieron millones de catalanes ante las actuaciones de la Policía y la Guardia Civil. Mientras media España agitaba banderas y cantaba el a por ellos, los independentistas lograron convertir el referéndum en lo que no es: una gran movilización transversal a favor de la democracia. Con la inestimable connivencia del Gobierno, muchos de los que no iban a votar finalmente acudieron, muchos de los que iban a votar nodecidieron optar por el sí’ y muchos de los del sí’ se instalarán durante los próximos días en la desobediencia, agredidos por un Estado que, ojalá me equivoque, tardarán mucho en volver a sentir como propio. ¿Alguien piensa ahí?

La única esperanza para el futuro es que alguien piense. Para buscar una solución será necesario hablar, sabemos que para hablar antes hay que pensar y ya hemos visto que, de no pensar, es mejor quedarse con la boca cerrada. Esta frase bien la podría firmar Mariano Rajoy. O no, quién sabe.