Álvaro Ruiz encandiló a la Galileo

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Álvaro Ruiz, el pasado 9 de noviembre en la Sala Galileo Galilei de Madrid. Foto de Inés Poveda, Facebook.

Llaman desde el Pub Retórica, centro neurálgico del rock’n’roll de la sevillanía oriental, algo pasa. El Pepe al otro lado del aparato: “Illo, el Álvaro, que va p’allá”. Llegaba a Madrid un tiparraco, un oso pardo con mucho arte y una guitarra. Ahí estaba Álvaro Ruiz un 9 de noviembre de 2017, en la Sala Galileo Galilei. Rastas, barba, gafas, cantautor, combo perfecto para las noches madrileñas.

Álvaro Ruiz en concierto

Álvaro Ruiz empezó a tocar las palmas por bulerías. Palmas por bulerías lentas, sordas, a las que se fue sumando toda la banda. Una voz grave y melosa, de esas que, nada más oírlas, caen simpáticas. Se arrancaba por un poema de Lorca que musicalizó Camarón: “Ay, qué trabajo me cuesta/ quererte como te quiero…”

Después, la canción que titula el disco, “ritmo y compás”. Le sigue “báilame”, según el propio Ruiz, la más flamenca. En el disco, nos encontramos una producción exquisita. Nueva Orleans, provincia de Cádiz. Un jazz sutil que en directo tiene la obligación de transformarse. En el CD, la canción viene con un conjunto de vientos que redondean el carácter festivo de la misma. Sin embargo, en directo, la contundencia del viento se sustituye por la elegancia del teclado de Martín Caló.

Desde este momento, Álvaro Ruiz desliza la actuación. Toca fandangos, ríe, bebe. Canta “una de bandoleros“, una canción en forma de poema épico. “Cayó como tuvo que caer/ como un hombre a la merced/ de las faldas de Dolores”; o “aquí en España gobierna el Monarca/ pero el Tempranillo controla esta sierra” componen una canción de raíz que se hilvana con sones caribeños. Canta una colombiana “guitarra mía“, le queda estupenda. Sale el Migue, de Antílopez, canta “cuerpos sin alma“, Madrid bebe los vientos por el tipo, llueven los piropos. Con “la primavera“, el concierto alcanza su particular nirvana.

Y así, ese oso pardo con guitarra sale del concierto saludando como los flamencos, enseñando el dorso de la mano derecha, con la izquierda tras la espalda, volviéndose a sus compañeros. Después, en las bambalinas, confiesa que estaba nervioso; que qué alegría de haber tocado en la Galileo; que qué bien se queda uno. Ha sido un concierto espectacular.

Anecdotario y alabanza

El bajista se llama Adrián Soriano, le felicito, me presento y, automáticamente, me invita a un tercio. Sus ojos pintados contrastan con una barba de imán. Camisa hawaiana, sombrero y el dedo como una morcilla. Una raja de unos siete centímetros ha estado a punto de estropearle la actuación. Dice que se le ha ido una nota en una canción, los allí presentes nos miramos, uno dice que lo ha notado. Antes presumía de haber estado en el primer concierto de los Stones, de haberle dicho a Paul McCartney que mejor tocase con la izquierda y de haberle enseñado a Michael Jackson lo que era el moonwalk.

Entre tanto, un ser inquieto va de lado a lado de los camerinos, es el Manin. Ha estado fantástico. Hay una magia en la percusión que es la de tocar lo justo. Protagonizar una canción desde ese lugar del escenario no suele salir bien. El Manin lo sabe, toca lo que tiene que tocar, no se complica la vida. Además, adelanta que saca crowdfunding y toca, en este sentido, una rumba que camina hacia el bolero: Tú. Con ella les dejamos.

Próximas fechas

16 de noviembre, Sevilla, Sala Malandar.
30 de noviembre, Las Palmas de Gran Canaria, La hogarte de Vegueta.
3 de diciembre, Tenerife, Buho Club.