Otro año más, cabesa

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Me encanta el hecho de saber que cuando se publique esto voy a estar, con suerte, comiendo churros por el centro. Habré salido del cotillón que tengo en la calle Feria con la mayoría de mis colegas de toda la vida, llevaremos una borrachera de las que apagan las farolas al pasar y nos iremos riendo del que haya echado el Guadalquivir por la boca. Alguno habrá ligado y lo habremos perdido en combate. Pero el resto del equipo sobrevivirá y en un heroico acto de ebria elegancia, con las camisas abiertas hasta la panza, sentaremos nuestros culos en una churrería.

No me gusta eso de prometerse cosas para el año nuevo. ¿Para qué? En serio, luego no haces una mierda de nada. Creo que con intentar no ser más cabrón de lo que eres (ojo, que lo mismo no lo eres, lo digo por lo que me toca) es lo único a lo que merece la pena aspirar cada año. Porque te haces tus planes mentales y luego la vida te los tira de un guantazo. Te dice que va a ser que no, que mejor tires por ese otro lado que no querías o ni te imaginabas. Y en fin, que qué más da al final. Positividad y adaptabilidad.

“La palmera que se dobla pero aguanta el huracán”. Me encanta esa frase. El día que la escuché se metió corriendo por una esquina de mi cabeza, y ahí sigue desde entonces escondida. A veces lo considero estúpido eso de seguir yendo a contracorriente. A veces pienso en cortarme la melena, en dejar de vestir de negro, en dejar de protestar cada vez que algún imbécil dice una barbaridad de esas con cero sentido común y humanidad. A veces me gustaría que mi vida fuera hacer ejercicio, mi trabajo, mi equipo de fútbol y mi telebasura. Que nada sería mío, pero en mi dulce ignorancia sería feliz. Me imagino la ignorancia como un silencio mental, como un césped verde parecido al que te ponía Windows de fondo de pantalla predeterminado. Te tumbas allí y ala, a contemplar el cielo.

Pero no es así y no lo será. Porque se me pasa al momento cuando me doy cuenta de que sería darle un gusto a una sociedad que no puedes cambiar tanto como te gustaría y que no tiene piedad con la gente que duda. Que debe de haber “locos”. Que el mundo avanza a patadas en las espinillas, de forma inesperadamente dolorosa. Que no podemos rendirnos si sabemos que el mundo está todavía muy lejos de ir bien, y a pesar de saber que es muy probable que ni se salve, seguiremos en la trinchera de los que responden a las balas con versos. Acabaremos con ellos a golpe de papel y pluma o moriremos en el intento. Y luego llenaremos el campo de batalla de blancas flores de almendro.

Querido 2017, no seas muy cruel. O intenta ir siéndolo menos. Me despido con la canción que seguramente, esté escuchando en este momento tirado en algún jardín del Prado intentando averiguar como llegar a mi barrio. O si llevaba chaqueta o no cuando salí. Pero de una forma u otra, estaré agustísimo fijo.

¡Y feliz año chavales!