Y así fue como el festival se cagó en el rock

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El festival Interestelar, definitivamente, me ha partido la cara de un guantazo sin manos. Y mira que de festivales yo, pocos, que conste, pero a este me animé por la historia de la cercanía y los grupos. Y menos mal que todos han estado a la altura, porque si Loquillo o los Benavente no me hubieran dado caña hubiera quemado todo lo que pillara a mano.

Porque por lo demás no he hecho más que cabrearme. De primeras, el rollo de que te sacas una entrada pero después también tienes que ir a por la pulserita de marras. Y tú piensas, ¿para qué coño he sacado la entrada entonces? Estabas tan tranquilo hasta la hora de ver al grupo que quieres, con tu cubatita, y te tienes que levantar una hora antes a esperar una cola que ni siquiera es para entrar. Maravilloso.

Pero espera que mejora. Porque llego a la entrada con uno de mis mejores amigos y me quedo de piedra cuando, según el juicio de la gran profesional de la vigilancia que nos atendió, tenemos que volver a entrar por una cola diferente. Por la cola de registrarte hasta la entrepierna. Hablando en plata, nos vio mala pinta y me tocaron hasta los bemoles (literalmente) sin ser policía ni leches. Así, por la cara. Pecamos de tener melena y algún tatuaje a la vista (muy incongruente con un festival de “rock” por lo visto).

Entro, pido una hoja de reclamaciones (el puesto estaba concurrido) y un poco más y me hacen el lío con las copias. Revisé la que se quedaron y no se leía absolutamente nada. Así que me voy medio herío de impotencia a ver si tienen la piedad de ponerme una cerveza decente. Y claro que me la ponían, cambiando mínimo 20 pavos por moneditas del festival….con un valor bastante curioso. Vamos, que te podía salir el asunto por casi diez euros como te despistases de tamaño. Como mucho te daba para un par decente, en vaso ancho.

Pero lo más feo me vino después. Me salí un rato a ver si me lo montaba mejor para beber mientras esperaba al grupo que quería, y un amigo salió con dos cervezas desde dentro. Nos quedamos un buen rato en los jardines de fuera y cuando llegó la hora fuimos a la puerta tan normales. Él tenía su cerveza casi terminada pero yo a la mitad, y de repente un tío que parecía un armario de Ikea en vez de un vigilante me dice que no puedo pasar con el líquido. Con el vaso sí, porque es del festival (y tiene fianza de 2€, por la cara) pero no con el líquido. Le digo que eso es absurdo, que la cerveza ha sido también servida dentro. Y de malas maneras me aparta y me dice que me la tome al lado antes de entrar. Y hago caso. Y me siento a bebérmela.

Pero la imagen no molaría y empiezo a ver a sus compañeros cuchichear y reírse. Yo, sentado en el suelo con la cerveza y fumando. Mi colega metiéndome prisa y de repente, el mismo armario se planta delante mía. Básicamente me dijo que me perdiera o tortazo en la cara, dos veces yo el tronista, de pie delante mía. Coge mi cerveza y hecho una mala bestia la deja fuera del recinto a saber dónde. Me quedo flipando, preguntando si los seguratas ahora también son matones, y me viene un compañero más joven y esmirriao solo para darme el siguiente gran consejo: no te metas en problemas.

Problema es que haya gente así trabajando de estas cosas y que la policía local estuviera delante todo el rato “fumándose un cigarro”. Aunque supongo que tambien es normal, con los años he perdido la cara de niño bueno y ahora me dan caña por no seguir la filosofía “Rafa Mora”.

Problema es que entre un rockero y su música, se cuele el dinero y el prejuicio. Problema es que un rockero se vuelva a casa pensando qué coño ha pasado con aquello que más le gusta, en qué momento su filosofía de vida se vió tan violada…