Asturias y el comer (y IV): Gijón, San Lorenzo y el hasta pronto a Asturias

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(Hoy vamos a hablar de la Playa de San Lorenzo y nuestro hasta pronto, pero hay tres entradas anteriores. Pincha aquí para leer la primera, aquí para leer la segunda y aquí para la tercera).

San Lorenzo

Tras cenar pescado en El Globo, nos vamos a dormir. A estas alturas, sobraría decir que cenamos muy bien. Tenemos la impresión de ir rodando, otra vez. Es una sensación que no se ha ido desde que nos comimos el primer torto en Oviedo. Al día siguiente, Nuberu se levanta fatigado y nos deja un tiempo gris. Salimos a pasear.

La playa de San Lorenzo tiene la marea alta. El agua llega hasta el muro del paseo marítimo. La gente del Club de Regatas sigue disfrutando del mar, esta vez desde sus tumbonas de piscina. El pijerío urbano tiene vocación internacionalista, qué duda cabe, están por todas partes.

Hemos quedado con Laura en La Escalerona. El Ayuntamiento de Gijón ha numerado las escaleras de la playa, La Escalerona es la más grande, lógicamente. El cuerpecillo de bailarina hace que Laura aparezca por allí como de la nada. Le van bien las cosas, justo hace un año que fundó Paso a Dos, una escuela de danza. Ya ven que del arte también se puede vivir. “¿Os gusta el vino?”, nos dice. “A mí sí”, responde ella y, refiriéndose a mí, observa: “a él menos, él es más de cerveza, ya lo sabes”. “Bueno, pues que se aguante un poquito”.

La abacería y el menú con vistas al mar

Bordeamos la playa y nos metemos hacia dentro. Nos lleva a Coalla, un local que en Sevilla se consideraría una abacería. Al entrar, deslumbra. Lleno hasta la bandera de botellas de vino, quesos internacionales, dulces de toda clase y chacinas de postín. Ya que estoy allí, abandono la cerveza. Laura pide un vino tinto de Mallorca, ella uno de Valencia y yo, que no soy tan dado a probar cosas nuevas, un Rioja. Están deliciosas incluso las aceitunas.

Después de los vinos, volvemos a la Calle San Bernardo, esta vez para almorzar. No se deja de percibir la playa de San Lorenzo, sino por una cosa, por la otra. El olor a sal llega, también el relajante ruido del romper de las olas y el del gentío. Saludamos a los ya colegas de la 2 Bull y entramos en La Cuadra de Antón, otro lugar recomendado por Laura. Ellas al agua y yo al vino de la casa, total, ya que estaba… Trucha de primero y lasaña de segundo. Como ya podrán imaginarse, todo ello en una cantidad que fuera de Asturias hubiese sido considerada bárbara. El restaurante, por dentro, tiene unas inesperadas vistas a San Lorenzo. “Cuando hay temporal en invierno no se puede estar en el Paseo, más de una vez sales por aquí y tienes que ir a casa a cambiarte porque una ola te empapa. Pasa todos los años igual”, nos cuenta Laura. Nosotros escuchamos atentos sin dejar de comer la sabrosísima lasaña.

La feria de la manzana

El Rey Pelayo

Tras la espectacular lasaña, Laura nos lleva a una cafetería novedosa. Tras mucho pensar en una palabra que la describa, concluyo que “neoyorquina” es la que mejor le viene. Se llama Raw Coco. Aún no lo sabemos, pero es el sitio donde vamos a desayunar mañana. Tras el café, Laura se despide, “nos vemos por Madrid en quince días”, nos dice. Nosotros, otra vez rodando, vamos a la otra parte de Cimadevilla, empezamos por la Plaza del Ayuntamiento, en la que unos novios recién casados se hacen fotos.

Es esta una plaza medieval presidida por un edificio decimonónico. Su forma busca un mercado o un mentidero, los carteles de las fiestas decoran los balcones, es precioso. Gijón es una ciudad tan campechana como Su Campechanidad el Ex-Rey, pero sin tantos trajes. Saliendo de la plaza por uno de sus pequeños pórticos, llegamos a la Plazuela del Marqués. Allí, el Rey Pelayo mira al mar con ojos inquisidores. Como no podía ser de otra manera, el Rey Pelayo es de por sí un símbolo asturiano. Los asturianos lo entienden a su manera y varias páginas en facebook usan su particular humor para dibujar a un Pelayo paisanu, bonachón y gracioso.

El gin tónic

El lugar es otro lujo. Es la parte más antigua de Gijón, el puerto luce sus pequeños barcos y el aire es todo lo puro que puede ser. Es entonces cuando descubrimos la feria de la manzana, una de las matrices de la cocina asturiana. Hay de todo, empezando, claro está, por la sidra. Me bebo un culín, por no hacer el feo. En el siguiente puesto, hay dulces, ¿me hará daño si me como uno, solamente? Bueno, qué pena decir que no, con lo poco que yo vengo a Asturias. En el siguiente nos sorprende una manzana rellena de arroz con leche, ¿quién le dice que no a lo inaudito? El siguiente abandona los dulces, pero se mete en el mundo de lo empanado. Empanadillas de morcilla con manzana; de cecina con manzana y de otra cosa más que no recuerdo… pero que llevaba manzana. La que más me gustó fue la de cecina.

En el siguiente puesto lo que había era ginebra hecha con manzana, acabáramos. ¿Ginebra de manzana? Para qué queremos más. Qué fina es la línea que separa el postureo de la sapiencia cuando se dice: “pues yo creo que esto con un poco de laurel estaría hasta mejor, fíjate lo que te digo”. Finísima la línea, oigan. En cualquier caso, cojo mi gin tonic de manzana, mi empanada de cecina con manzana. La de morcilla, también la cojo. Abro la bolsa y lo pongo entre la manzana de arroz con leche y los dulces de manzana, apartando las galletas de manzana, claro está. Y muy rico el gin tonic. Lo tomamos mirando al puerto, sentados en un banco, junto a otra pareja, en este caso de la Guardia Civil.

El hasta pronto

Tenemos que cenar, claro está. Ya llega un punto en que estás en la rueda del comer. Fuimos a Burasari, recomendación de Esther, la pin-up gijonesa. Después, tambaleando, haciendo esfuerzos inconmensurables, vamos al hotel a dormir. Al día siguiente, alguien parece haber lavado los pantalones, pues no me entran bien. Me los pongo como puedo. A la camisa le sucede lo mismo. Aún no lo sé, pero he engordado 3 kilos y 700 gramos.

Salimos del hotel, no sin cierta penumbra. Desayunamos, cómo no, y vamos hacia la estación de autobuses. Nuberu vuelve a hacer de las suyas; chispea, como si alguien regase los praus. El autobús arranca, vamos, de nuevo, hacia las montañas. “Tenemos que volver”, dice ella. Sí, respondo. Ella cree que es porque pienso que Asturias es maravillosa y no se equivoca. No obstante, yo añadiría que me he dejado la cartera en la habitación del hotel. Tenemos que volver… Antes de lo que ella piensa.