Asturias y el comer (III): Gijón y les hamburgueses

"Les hamburgueses" de la cervecería la 2 bull tienen panes con sabor a tomate, entre otros.

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Playa de San Lorenzo, Gijón.

(Ojo! Hoy toca hablar de les hamburgueses de Xixón, pero ya llevamos dos entradas al respecto. Pincha aquí para ver la primera y aquí para ver la segunda).

Tras comer cachopo, sobre todo si tiene semejante tamaño, cuesta moverse. Levantarse de la cama en esta tesitura bien podría equivaler a unos cuantos abdominales. Reunimos fuerzas, nos concentramos, primer intento… Incapaces de movernos. Tuvimos que esperar un cuarto de hora para poder enderezarnos. ¿Se acuerdan de Hook, esa maravilla que Spielberg nos dedicó a los niños de los 90? Hay un personaje rechoncho que, literalmente, rueda. Con él está nuestro recuerdo.

Tras un levantamiento propio de los sueños de Tejero, vamos a desayunar gordos y rodantes. Pelayo, uno de los protagonistas de la noche anterior, nos llama. “¡Vamos pa Xixón! ¿Dónde estáis?”. Vamos camino de la estación de autobuses, allí nos recogen Xuan, Celia y el propio Pelayo. Están nuevos, como si tal cosa. Les noto incluso con mejor color de piel que el día anterior. ¿Será que al asturiano medio el comer mucho le da puntos de vida, como en un videojuego? Quién sabe. En cualquier caso, Pelayo arranca y pone rumbo a Gijón.

Gijón, día 3: La sorpresa de les hamburgueses.

El tópico dice que Oviedo es la ciudad bonita y Gijón la ciudad industrial y portuaria. Traducido al andaluz, Sevilla es tal cosa y Granada tal otra. Son dos ciudades tan distintas que no merece la pena compararlas. Eso sí, nada más salir del coche de Pelayo advierto un olor que hacía mucho tiempo que no tenía en las narices. Es un olor fresco, imposible de embotellar.

Subimos al alojamiento, dejamos las maletas. Nuestro habitáculo está en un piso alto, ella se ducha. Yo salgo al balcón y sigo discerniendo el aire. Sale de la ducha, nos cambiamos y vamos a pasear. Ya es cerca de la una, pero no tenemos hambre. Al contrario, la pesadumbre de los dos días anteriores nos pasa la factura. Seguimos caminando, pesados y rodantes. Ese olor seductor y extraño sigue persistiendo.

Entramos en la Calle San Bernardo, que se escapa del tópico de ciudad portuaria. Esta zona está construida al estilo decimonónico, el elegante quiero y no puedo de la revolución industrial. Le queda bien este rastro de señoritingo. A la derecha se queda La 2 bull, una cervecería estilo irlandés que parece estar llamándome. Hambre, lo que se dice hambre, no tengo pero, ¿Quién le dice que no a una cervecita tostada?

En la nevera del bar, junto a cervezas de postín, tienen Cruzcampo. Ella se mete conmigo porque no entiende mi gusto por la cerveza de mi tierra. Cuando se la señalo, se extraña. “¿Cruzcampo? ¿En Asturias? ¿En un sitio especializado en cervezas?”, dice con socarronería. Pregunto al respecto, queriendo resaltar la buena fama de la cerveza sevillana. La camarera y ella ríen con complicidad: “Tenémosla porque esa ye sin gluten”.

El caso del pan con sabores

Derrotado, pero fiel a mis orígenes, pido la carta. Las patatas que han puesto con la cerveza me han abierto el apetito. Tienen mini-hamburguesas de colores, “qué cosa más original”, pienso, “esto tiene que estar bueno”. Cuando el camarero viene a tomarme nota, consigo distinguirle el acento a él y a su compañera. Son de las cuencas mineras. En esa zona tienen un acento muy especial, melancólico, pero recio. “¿Les hamburgueses? -dice tomando nota- Muy bien”.

Tanto el camarero como la camarera tienen un sentido del humor apabullante. Es un rasgo de la gente de Asturias. Habitualmente se piensa que por ser del norte son gente más cerrada que el resto, craso error. Como decíamos la semana pasada, la lengua es un reflejo del pueblo que la habla. Bien, el asturiano tiene varios términos para referirse a una fiesta. No es lo mismo irse de fiesta, que estar en fiestes, que ir a una folixa. Si tienen tantos términos, será por algo.

Les hamburgueses, entre tanto, llegan, son tres y no son tan pequeñas. Pruebo un bocado de la roja, la miro a ella con sorpresa. El pan de la hamburguesa es de tomate, está riquísimo. Además, la carne es buena, tanto como el queso. Ella, en principio, no iba a comer, pero después de probar las hamburguesas le entra el apetito. Pide uno perrito caliente, que tiene una pinta bárbara. Yo ya voy por el café.

Por fin, se resuelve el misterio.

Salimos del bar y, de nuevo, ese olor, esta vez más fuerte, más de cerca. Seguimos por San Bernardo, dos pasos más allá, miramos a la derecha y se descubre el misterio: La Playa de San Lorenzo aparece ante nuestros ojos, entre dos calles. Ella sale disparada: “¡La playa! ¡Vamos!” No da opción. San Lorenzo es una playa inmensa cuya marea apenas deja espacio para toallas. Ella se quita las zapatillas y, como en un ritual, pisa la arena. A mi dan ganas de cenar pescado. Mirando la lista que nos dio Esther, la pin-up gijonesa, le propongo ir a “El Globo” esa noche. Ella, ensimismada con la arena, acepta.