Asturias y el comer (I): Oviedo y la sidra

Glu, glu, glu, glu... Nunca GLU. Y, desde luego, jamás glu... (conversación), glu...

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Calle Gascona, bulevar de la sidra, Oviedo.

Soy un tipo afortunado, he estado en Asturias no pocas veces y de todas ellas guardo recuerdos especiales. No obstante, a pesar de que a priori esta vez iba para hacer turismo, aprender de su cultura, escuchar hablar asturiano… Al final, una vez pasé el Negrón, me di cuenta de que yo había ido a Asturias a comer y beber sidra.

Si hay motivos para hablar sobre la plurinacionalidad española, desde luego uno es la forma de comer. Lo de Asturias y la gastronomía es un matrimonio rural, una de esas parejas que lleva saliendo desde la escuela. Galicia se parece, pero es más marinera; Euskadi es igual, pero con dinero, con glamour. A su vez, al sur somos más ligeros, cómo no, más mediterráneos, de alguna forma, más casquivanos.

Oviedo, día 1: La sidra

Llegamos a Oviedo, las calles no están llenas. En el interior de Asturias la gente también va a la playa y pasa alli unos días, más si es agosto. El verano ha sido un otoño anticipado, pero la esperanza es lo último que se pierde. No encontramos Gascona (ya hay que ser torpe) a la primera, pero siguiendo la calle Jovellanos hacia abajo está la Calle Martínez Vigil, el primer chigre a la derecha se llama Ca Beleño. Allí tienen Ordum, una cerveza contundente y seria. Nos bebemos una, llamamos al bueno de Jaime, quedamos en media hora en Gascona. Pasados diez minutos, abandonamos este grato descubrimiento.

Chigre, por cierto, qué palabro. La traducción va por barrios: bar, tasca, taberna… Las lenguas son un reflejo de su pueblo, el asturiano no es menos, por eso chigre no es exactamente ninguna de las palabras que antes he escritoEl espíritu de la palabra nos lleva a tasca; uno de esos bares sin glamour de los de toda la vida. Lo que sucede es que tasca tiene cierta negatividad, mientras que chigre, no. El pueblo asturiano se cuida mucho para mantenerse tal y como es, los chigres, por tanto, son sitios encantadores.

También lo es la Calle Gascona, un paraíso septentrional en el que hay que tener cierto cuidado. Asturias está de moda este año y Gascona es el epicentro de la sidra asturiana, sale en todas las guías. Eso quiere decir que hay sitios para turistas y sitios para los locales. Tras cometer un error, entramos al Ferroviario para esperar a Jaime, que cuando llega nos dice que hemos acertado. Allí pedimos La viuda de Angelón, una sidra natural que está bien; luego Muñiz, que me gusta más. De la siguiente, no me acuerdo.

Cualquiera bebería sidra tranquilamente, como si fuera vino. Craso error. La sidra se bebe sin posar el vaso, pero no de un trago. En pos de la eficiencia, mejor será recurrir a una onomatopeya: Glu, glu, glu, glu… Nunca GLU. Y, desde luego, jamás glu… (conversación), glu… Esto hace que el beberse dos vasos seguidos, sin mediar palabra entre uno y otro, sea tentador. Tremendo error: Sólo conseguirás que al día siguiente odies a la pobre sidrina, que lo ha hecho sin mala intención.

Lo del beber de un trago y sin esperar es porque la sidra sin gas no hay quien se la beba. Es por eso que hay que escanciarla de esa forma, tirándola desde bien arriba para que explote la burbuja y se produzca el gasecillo que hace que la sidra quite todo lo malo. Esta es la razón por la que hay que darse cierta vidilla a la hora de beber. Algo así nos dice Jaime mientras miramos hechizados al camarero, que no pierde pulso.

Tras dilucidar sobre lo hipnotizador que resulta ver escanciar sidra, vamos como podemos a La Pumarada. Allí escuchamos una palabra mágica: “Tortos”. Masa de maíz frita con lo que le quieras poner encima, aunque lo propio es el picadillo (de chorizo) y el cabrales. En esta sidrería, tienen el acierto de añadirle algo de manzana a la crema de cabrales, es extraño, pero delicioso. Luego vino un chuletón. Cuando hablamos de chuletón, no hablamos de una parte del chuletón, sino del chuletón con mayúsculas, todo el chuletón que aquel animal pudo haber tenido. Lo hicieron a la piedra, dado el tamaño, un menhir. Bebimos sidra Trabanco, de esto sí me acuerdo, ni mejor ni peor que Muñiz, pero sí más ácida. Pensamos en pedir algo más, miramos la carta con vicio, pero la piedra donde sirvieron el chuletón sigue ahí, mirándonos a nosotros, ya vencida. A Jaime le ilusiona la idea de pedir más, pero no podemos con tanto. “Pero un licor sí, ¿no?”, nos dice y, sin esperar a que aceptemos, los pide.

Se acaba la cena, ella y yo nos miramos las tripas, Jaime sigue como si nada. Pagamos y salimos. Jaime nos indica un sitio para beber la última. Se tiene que ir, al día siguiente trabaja. Va caminando, Oviedo no es una ciudad en la que el coche sea imprescindible.

Volviendo a casa, ya muy de noche, ha refrescado. Oviedo está aún más vacía, en la calle Jovellanos apenas se escucha nada. El Teatro Campoamor también es un muro de silencio, como la Junta General del Principado, que parece un caserón señorial. Giramos a la derecha, la fecha que cada día se dibuja en el parque de San Francisco está a punto de cambiar. Vemos de lejos a Woody Allen y diez minutos después, cuando llegamos a casa, me lo recuerda antes de tomarse un ibuprofeno: “Mañana vamos y nos hacemos una foto”, acepto encantado.