Asturias y el comer (II): Oviedo y el cachopo

1275
San Miguel de Lillo, Asturias.

¿Es eso el Sol? son las 9 de la mañana, la sidra del día anterior ha hecho su función, pero nosotros no: Hay algo que no se mueve bien. Uno a la ducha, la otra a meditar sobre cómo moverse para moverse lo menos posible. Si viniese un extraterrestre y preguntase qué es la resaca, podríamos poner una foto de aquella casa. Hoy la misión es distinta: Hay que comerse un cachopo.

Oviedo, día 2: El cachopo.

¿Para qué íbamos a desayunar después delchuletón del día anterior? Aún así, desayunamos. La Tapina Sixtina queda al lado del lugar donde nos alojamos. Si hay algo que un andaluz no puede envidiar de nadie, es el desayuno. El andaluz medio que está al norte de Despeñaperros (por norma) desayuna mejor en casa. Sin embargo, en la Tapina Sixtina, al plantarnos una tostada con aceite y tomate, no tuvimos nada que objetar.


Paseo. Parque de San Francisco, precioso, verde como la albahaca. En frente, Woody Allen llueve los veranos con la pose de su filmografía: Los hombros indecisos, la cabeza entre ellos, las manos apáticas buscando los bolsillos, el andar parado en el tiempo. Foto también con Doña Ana, tan joven y tan vieja, tan regenta de Vetusta, tan en frente de la Catedral y tan dándole la espalda. Giramos hacia la Calle Cimadevilla, alli está La Genuina.

Algo hermoso del norte es que la Estrella de Galicia puede estar aún sin pasteurizar, cosa de las meigas. El caso es que cuando a la Estrela recién hecha la meten en un barril y la sacan a un bar está aún más rica. No digamos ya la versión tostada de la misma, la 1906. En La Genuina la tienen y la tapa de arroz está riquísima. Todo bien cuidado, incluidos nosotros. Para esas alturas ya no nos acordábamos de la sidra del día anterior y de lo subpajarianos que fuimos al beberla.

A los tres cuartos de hora, Pelayo espera apoyado en una esquina. Hace un Sol que no se espera, su sombra es larga. La foto que le hubiera hecho le hubiese encantado: Sobre él un arco institucional separa Cimadevilla de la Plaza de la Constitución, todo lleno de geranios. ¿Bueno, qué, comeremos? Esther, pin up gijonesa, nos hizo toda una lista de recomendaciones, entre ellas, el Boca a Boca.

Para ir al Boca a Boca hay que pasar por un lugar mítico para cualquiera que haya ido a Ovimun antes de este año: La plaza del Paraguas. En realidad, no sé si se llama así, pero en el centro de la plaza hay un ¿cómo lo llamaría? pabellón sin paredes que protege de la lluvia. Es el lugar donde se celebraban las fiestas de despedida del Modelo. Ya en el restaurante, nuestros amigos los tortos siguen presentes: estaban riquísimos. Los acompañamos de varias tortas (por hacer la aliteración gastronómica) y de las papas a las tres salsas. Esther acertó.

A Pelayo se le sube su bendita asturianidad y nos lleva al Naranco. Parece mentira que una ciudad como Oviedo tenga semejante maravilla natural al lado. Pelayo nos va indicando, presume y hace bien, “hasta aquí llegan los buses urbanos”. Le encanta la su tierrina y lo contagia. “Aquí es donde terminan algunas etapas de la vuelta”, nos cuenta subiendo. Desde el Cristo, Asturias es aún más maravillosa, más mitológica: “Esos son los montes que paran a las nubes”, señala sonriendo.

Es entonces cuando se suma Xuan, que decide venirse a echar unas sidrinas, lo celebramos. A Xuan ya le conocen por sus artículos pero, además, es el principal artífice de la Sociedad Asturiana de Debate. Pelayo también está metido. Entre ambos maquinan y planifican el año, yo escucho atento. Nos dirigimos de nuevo a Gascona, al Ferroviario. Pedimos y empezamos a beber. Vamos a otro lado, este más pequeño. Seguimos bebiendo. Solucionamos todos los problemas del país y oficializamos el asturiano como lengua. Se suma Celia. Seguimos bebiendo. Llega la hora de cenar, ¿Cachopo? Indiscutiblemente.

Cachopo en Las Tablas. Restaurante las Tablas del Campillín, Oviedo.

Pelayo nos lleva a Las Tablas. Tres cachopos para cinco. No crean que el cachopo es un manjar del tamaño de un filete común, estamos hablando de un plato típico de Asturias. El cachopo es una salvajada del tamaño de una sábana que se suele comer entre varias personas. Consiste en dos capas de ternera, con jamón y queso, todo empanado. ¿Sanjacobo? Demasiada poca chicha. ¿Cordon bleu? Muy afrancesado. El cachopo es algo que deja un rastro gastronómico pesado y contundente, nada que ver. En este caso, pedimos dos cachopos normales y uno campeón, con queso cabrales.

Otra vez esa sensación. Celia, Pelayo y Xuan siguen hablando, nosotros nos miramos con la misma cara que ayer, tras el chuletón. Da la impresión de que los asturianos de la mesa podrían seguir comiendo. ¿Se acuerdan de Astérix y Obélix -sobre todo de Obélix-? Nosotros sí.

Y nos fuimos a dormir como mejor pudimos. Nos costaba andar, no digamos subir escaleras o moverse de la cama para levantarse a intentar digerir mejor toda aquella comida. Todo el día comiendo. Qué barbaridad. “Y mañana, a Gijón”, dijo antes de apagar la luz.