Ay, Carmela: tro… te-a-tro….

Ayer tuvimos la inmensa suerte de ver brillar a gente.

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los actores de la obra caracterizados, con el autor de Ay, Carmela en Belchite.

Ayer en el Off de la Latina tuvimos la inmensa suerte de ver brillar a gente que luego resultaron ser normales. Es algo que ocurre de tanto en tanto en sitios como teatros, conciertos, cines o recitales. Se encendió un foco y ahí estaban Guillermo Serrano (Paulino) y Paula Iwasaki (Carmela), los componentes de Caramba Teatro, brillando como si lo humano fuese eso y no estar vestido de la oscuridad que tiñe las butacas y la cotidianeidad mate de la vida.

Sanchis Sinisterra dibujó una despedida que no se sabe pronunciar (Des… pe… di… da…) en una obra de la cebolla. ¡Ay, Carmela! es un texto con muchas capas que bucear en el que la vulgaridad es el disfraz de una sensibilidad imperante. De forma paralela, una de las características que más me llaman la atención es que es una obra en la que todo es dual.

Está el público real y el público ficticio; el público y la escena; Gustavete y el Teniente; Paulino y Carmela; la vida y la muerte… Lo único que no es dual es el público ficticio de la obra. Me explico: Paulino y Carmela son dos actores ambulantes que, en un momento dado, van a Belchite en el peor momento posible: recién tomada por el bando nacional en la guerra civil. En estas circunstancias, Paulino y Carmela tienen un bolo ante los militares que acaban de conquistar el pueblo, en un segundo plano, la obra es eso.

Paulino decide tragarse las ganas de progresar aunque no pueda y hacer su espectáculo de variedades; Carmela, protestando tiernamente mientras piensa en unos pobres condenados (y sus madres), se deja ir pues, realmente, no conoce más que eso. De ahí todo ese patetismo y toda esa parodia que es, incluso hoy en día, el personaje de Carmela en particular y la obra en general: “Así: Ña… España… ña… Si es muy fácil… España… España”… España, esa silabación paródica que dice Carmela mientras Paulino se va yendo de la escena, sigue enseñando a pronunciar su propio nombre.

Con apenas atrezzo, los actores egresados de la cantera de la RESAD (han de ver sino lo han hecho ya a nuevos talentos de la escuela como Anabel García o Cintia Rosado) aceptan las consecuencias escénicas y se burlan de las superproducciones. Serrano (a quien pueden ver en Ricardo III) sabe ser patético y conformista. Su virtud está en su sonrisa de medio lado, le sale como si buscara en una oreja todo lo que no se quiere oír, de ahí el estallido de hacer reír mientras llora tan amargamente. La sevillana Iwasaki (a quien verán en La catedral del mar -televisión- y El perro del hortelano) sabe muy bien lo que hace: Su personaje es el personaje que todos ustedes han visto: en realidad, el personaje de Carmela no es más que el tópico de señora andaluza resabida y valiente con más vueltas que una rueda, lo que sucede es que la calidad del texto es tan inmensa que aquí sí tiene sentido ese ser. No resulta tópico, al contrario, en un personaje que podría ser manido y hartible, Carmela es distinta por indómita: Es echá p’lante, pero de verdad, y así la realiza la actriz.

En ambos casos no interpretan: Entienden y, desde ahí y sólo desde ahí, reproducen. El trabajo con Sanchis Sinisterra ha sido, quizás, el paso definitivo para la producción. Saben perfectamente el sentido que tiene cada coma del texto consiguiendo una de sus ideas claves, que no es otra que la de que el que le ponga el género y el nombre al espectáculo sea el propio espectador, a través de una historia meta-teatral hermosa.

Sin más, como diría Carmela: “Teatro. Así: Tro… Te-a-tro…” Volverán a actuar en el Off de la Latina el lunes 26 de septiembre.