El Ballet Nacional Ruso hace magia con “El lago de los cisnes”

El Ballet Nacional Ruso hace un espectáculo imprescindible hasta el 6 de noviembre en Madrid.

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Cartel de "el lago de los cisnes", por el Ballet Nacional Ruso.

Estoy acostumbrado a expresarme y a ver a gente expresarse mediante lenguajes conocidos: Por ejemplo, las palabras. Estoy acostumbrado a tener emociones por algo dicho o por algo hecho que me resulta perceptible, otro ejemplo es la pintura. Entiendo la quintaesencia de los colores y la soledad del halcón de la noche que plasmó Hopper en su famoso cuadro “nighthawkers”. No obstante, no estoy acostumbrado a que un movimiento corporal me lleve a la emoción más allá del teatro, me parece un super-poder arrastrar una expresión alzando una mano o dando una vuelta sobre sí mismo y, sin embargo…

Foto del Teatro Fernán Gómez
Foto del Teatro Fernán Gómez

¿Cómo lo hacen? ¿Cómo es posible que una persona sin decir una sola palabra sea capaz de transmitir algo tan intenso? El Ballet Nacional Ruso conmueve mediante la danza con una historia conocida por todos.

Magia aparte, es esplendoroso el romanticismo (romanticismo del bueno, se entiende) que desprende la obra. Después de ver “El cisne negro” muchos hemos sido los que nos hemos interesado en esta obra y prácticamente todos sabemos evocar las diferencias básicas entre el cisne negro y el cisne blanco, sin embargo, el romanticismo de la obra nos lleva a dos diferencias estrictamente románticas: El cisne negro está presente en la corte, prácticamente toda su acción se desarrolla en la ciudad, en lo urbano; en cambio, el cisne blanco es un elemento de la naturaleza. De esa forma se plasma el concepto romántico de la naturaleza como ser puro y hermoso. La segunda diferencia romántica es el concepto de amor que el protagonista siente por los cisnes, Bécquer lo explica mejor que yo:

XI

—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?

—No es a ti, no.

—Mi frente es pálida, mis trenzas de oro,
puedo brindarte dichas sin fin.
Yo de ternura guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?

—No, no es a ti.

—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz.
Soy incorpórea, soy intangible,
no puedo amarte.

—¡Oh ven, ven tú!

Efectivamente, lo más atrayente del cisne negro no es su oscuridad, ni su urbanidad, ni su sensualidad, sino el hecho de que no puede tenerla.

El protagonista baila con el cisne blanco. Oficial.
El protagonista baila con el cisne blanco. Oficial.

Déjenme, no obstante, volver a la magia. Sonaba la música, sale el cuerpo del Ballet Nacional (unas cuarenta personas) y empiezan a bailar. Se crea ese punto entre el sueño y la vigilia del que habla Campanilla cuando los pasos que dan esos seres tan ligeros suenan en el retablo del teatro. Una de las sensaciones más humanas de estas personas es que a pesar de su sutilidad al caer y tocar sueño, suena. El cuerpo del Ballet Nacional Ruso, que parece la prole de Hermes, son humanos y humanas. Y cuando se desplazan en vueltas y saltos que les hacen parecer deidades olímpicas… suena. Es incluso esperanzador que gente tan profundamente sensible que parecen sacados de otro planeta, al fin y al cabo, sean igual de humanos que uno mismo, aunque algo más hermosos.

Finalmente, diré que hubo una escena que representa todo lo hechizante que puede ser el ballet. El protagonista va a ver al cisne blanco y allí en la naturaleza se aparece como una ninfa, bailando como si volara, con una belleza albórea por tutú. En ese momento el bailarín debe expresar todo el amor que siente y se produce una de esos momentos magistrales que marcan para toda la vida. En un mundo en el que todo se expresa mediante movimientos gráciles, pero movimientos al fin y al cabo, en ese momento en el que el bailarín descubre el amor más puro que existe… Se queda petrificado.