Un Betis que no está a la altura de las béticas

El Betis tiene errores institucionales que no representan al beticismo y que deben ser erradicados.

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Adán, portero del Betis, Europa Press

El Betis, qué duda cabe, es uno de esos equipos que están por encima del propio fútbol. Más que un club, una comunidad. El beticismo no está por la labor de comentarios fuera de tono. Somos gente que, en el fondo, se siente en la humildad, por eso se nos da bien ser del Betis, porque, de un modo monacal, no esperamos gran cosa. Un gran tipo de mi barrio lo definió de una forma estupenda: “Los béticos somos personas muy béticas”. Salvo ese grupo de energúmenos que debería estar vetado, el Villamarín es un estadio sin vocación violenta. No obstante, a saber cómo, el Betis tiene errores institucionales que no representan al beticismo y que deben ser erradicados.

Un Betis que no está a la altura de las béticas

Lo último ha sido el cántico de Adán, uno de los capitanes del equipo. La falta de respeto llega hasta la intimidad de su propio dormitorio. La frase es cruenta: “Mi novia es sevillista y es una puta más”. Reproduce el primitivismo de los energúmenos que habitan el gol sur y que, como digo, deberían ser expulsados. La reacción del club ha sido negligente y escueta. La sanción económica hubiera estado bien; una deportiva, mejor, algo que de verdad haga pensar.

Habrá quien diga que estaban en un ámbito personal. Desde luego, quién no haya pecado que tire la primera piedra (y no incluirse, por desgracia, es no tener memoria). Disculpas aparte, a este respecto bien está recordar una de las frases más presentes en el ideario feminista: Lo personal es político. Grandes pensadoras como Millett  o Firestone postularon en los 70 que la razón por la que las mujeres no estaban representadas en las instituciones es porque había una discriminación previa en casa, en la intimidad. Precisamente allí donde Adán se ha columpiado tanto.

No es la primera vez

La última vez que ocurrió esto, tras unos cánticos deleznables, la solución fue vestir al Betis de rosa. Una feminista de la diferencia (corriente con la que recientemente comparto planteamientos) no lo hubiera criticado tanto. Lo que sucede es que dudo muchísimo que en el Consejo de Administración verdiblanco sepa qué es el feminismo de la diferencia. Sería quimérico pensar que lanzaron una campaña así a posta. Reduzco, pues, todo aquello a la perpetuación de un estereotipo de género en el que los niños van de azul y las niñas de rosa.

Bien estaría un cursillo básico sobre porqué hay cosas que no se deben permitir. Sin embargo, se me ocurren mejores situaciones: Estaría bien que los futbolistas tuvieran la obligación de ir a ver a sus compañeras, las futbolistas. El mismo día que el equipo masculino ganaba el derby, el femenino hacía lo propio. Cosas del mercado, del eclipse o de la ciencia infusa, casi nadie se hizo eco. El caso es que cada vez que se comete una acción semejante, se falta al respeto al Betis Femenino. Eso es algo que no se debe consentir, ¡Son parte de la entidad! Ya podrían mis admiradísimos futbolistas sentarse unas horitas a escuchar las historias sórdidas que deben soportar sus compañeras de profesión. Una de las últimas, por cierto, en la mismísima gala de entrega del Balón de Oro.

Si la falta de respeto hubiera sido al contrario, si la ofensora fuera una jugadora del Betis y el ofendido un jugador, hubiera caído sobre ella la sanción más dura posible. Si el Betis quiere guardar su propia legitimidad entre las suyas, no debe dejar impune toda esta vergonzosa situación.

Sobre putas y puteros

Por cierto, ¿han pensado alguna vez en todas las veces que aludimos a las putas durante un partido de fútbol? “¡Árbitro, hijo de!”, “¡Sevillistas, hijos de!”, “¡Catalanes, hijos de!” (A este último, quizás, es al que menos sentido le veo). Casi nunca es mal momento para intentar hacer pensar: ¿A qué tanta obsesión por las putas y tan poca por el putero? Se puede ser puta por la razón que sea, hoy no abriré ese debate, pero no olvidemos una cosa: Si hay putas es porque hay hombres que piensan que el cuerpo de una mujer es algo con lo que puede comerciarse. Eso sí que es grave. Bien estaría cambiar el foco de la culpa, véase: Adán, admirado guardameta, ese comentario es propio de un hijo de putero. Espero que el rapapolvo le haga pensar.

Por cierto, ¿Es esta ley suficiente?

El órgano competente, cómo no, ya ha condenado los hechos. Llegados aquí, merece la pena pararse a mirar la ley al respecto. La Ley 19/2007, de 11 de julio, nace bajo un incremento de insultos racistas, en los cuales se centra. No me atrevería a decir que la ley ha fallado (tampoco diré que la justicia deportiva ha sido del todo justa), pero sí observo que necesitamos dar otro paso más, pues hay más problemáticas que se regulan sin apenas profundidad, por ejemplo, la violencia de género.

Además, la ley adolece de un fallo común: a pesar de su vocación preventiva, el texto es más sancionatorio que otra cosa. Por tanto, la ley llega en su mayor parte cuando la ofensa ya se ha realizado. España, como tantos otros países, necesita un plan de prevención específico contra la violencia de género en el deporte cuyo objetivo sea que comportamiento lesivo no se llegue a producir. La socialización del deporte en general y del fútbol en concreto, su influencia en el comportamiento de la ciudadanía, así lo exige. El plan existe, pero se centra en el racismo, que (afortunadamente) tiene su propio protocolo. A la vista está que ese no es nuestro único problema.