Bolonia y la belleza de las ciudades

La belleza de una ciudad, a veces, se ve en sus habitantes más desfavorecidos. El mendigo en cuestión lleva en la mano tres botellas de 66 centilítros de cerveza y se dirige a su lugar de origen.

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En el vuelo a Bolonia, un señor asiático se sienta a mi lado. El avión es pequeño, se pueden imaginar la compañía. Los asientos son, si cabe, aún más pequeños y vamos metidos a presión. El señor asiático es orondo y lo primero que hace es poner sus brazos sobre el apoyabrazo que, aún no sabemos cómo, deberíamos poder usar los dos. No tengo espacio para escribir. Esta será mi primera batalla. Nada más apoderarse del apoyabrazos se toma una pastilla y cae en redondo: Se duerme, parece snorlax, un pokemon dormilón. Va con ese peinado que consiste en cortarse como un militar la nuca y como Elvis Presley el flequillo y la coronilla. Su madre le dirá que está guapísimo, claro. En un descuido, baja el brazo y, zas, el apoyabrazo es mío. Es aquí cuando empiezo a escribir sobre este nuevo e ilusionante viaje a Italia.

Bolonia y la belleza de las ciudades

En el avión, mientras estábamos embarcando, veo a una compañera del Erasmus. Sigue tan sonriente como la recordaba. En ese momento, el señor asiático, cuyo subconsciente le ha dicho en sueños que el apoyabrazos es mío, duerme con la cabeza apoyada en el asiento de enfrente. Le tiendo la mano a mi antigua compañera, será la única forma de saludarnos. Cuando se va a por su asiento y retiro la mano, tengo la traviesa tentación de darle una colleja a mi vecino de viaje. Su nuca es grande y está sonrosada, me relamo pensando en darle una buena y sonora colleja, como las que dábamos en el instituto. Una colleja, ¿con la mano hueca para que suene sorda, como dando palmas? ¿con la mano plana para que suene metálica, como si estuviéramos en un taller? La milésima de segundo en la que me sentí tentado me transporta hasta la siguiente, el momento mágico ha pasado. Podría haber sido divertido.

Cuando llegamos, el tiempo en Bolonia es fresco, pero se está bien. Tampoco ha llegado la primavera a Italia. Cuando llego a la casa donde me quedaré, me abre la puerta un italiano afable y un amigo suyo, a la postre, la pareja del propietario de todo aquello. Diez minutos más tarde estábamos hablando de fútbol, café de por medio. El café en Italia es un acto de conciliación. Hablamos del nuevo capítulo en la historia del crimen que recientemente firmaba el Madrid contra la Juventus y me voy a darme un paseo. Comienza aquí una larga reflexión sobre la belleza de una ciudad.

“Bolonia es una ciudad eminentemente medieval que ha conseguido mantener la esencia de sus grandes edificios.”

Bolonia es una ciudad eminentemente medieval que ha conseguido mantener la esencia de sus grandes edificios. De eso me doy cuenta en cuanto piso la Via dell’Independenza. Los soportales, a simple vista bastante más recientes que el resto de la ciudad, recaban toda la fuerza que los edificios de ladrillo rojo proyectan. Son las 19’30, si uno se da a Europa, hora de cenar. Giro a la derecha, veo el teatro principal, uno de esos edificios que tanto proyectan, y entro en la Vía Galliera. Allí me espera un restaurante donde, a la luz de neón de una lámpara bizca, ceno unos tortellini en su caldo. Algo verdaderamente curioso aunque, si uno lo piensa, ¿no es el fideo una pasta bien vista por los médicos y las madres preocupadas por el sobrepeso  de sus hijos? ¿y no se comen los fideos en su caldo? Los tortellini, muy a su favor, están rellenos de carne. Estamos, además, en una provincia eminentemente vinícola, la Emilia-Romagna. El tinto es casi obligatorio.

Finalmente, la noche acaba en un bar irlandés, el único sitio donde puede verse jugar al Real Betis, alegría de Europa, dignidad de la primera división española, acontecimiento mundial que el mundo, rara vez, ha sabido reconocer. Con 52 puntos, todo se bebe mejor, incluso la mediocre cerveza que se bebía en aquel sitio. Y eso que el bar era irlandés. Vuelta a casa. Mientras camino, veo lo que todas las ciudades esconden, la comunidad de borrachos y mendigos, cuando no las dos cosas. Bolonia es una ciudad de buena factura donde los muchachos erasmus dejan cervezas a medio beber en frente de la Catedral de San Pedro. Los mendigos las aprovechan y dan su último sorbo antes de dormir en el quicio ralo de los escaparates.

“La belleza de una ciudad, a veces, se ve en sus habitantes más desfavorecidos.”

La belleza de una ciudad, a veces, se ve en sus habitantes más desfavorecidos. El mendigo en cuestión lleva en la mano tres botellas de 66 centilítros de cerveza y se dirige a su lugar. Al puesto que la sociedad le ha reservado. El ser humano europeo, una rara avis, lucha más por intentar no sentirse culpable que por los derechos humanos del que sufre. Tiene la barba larga y canosa, un pantalón vaquero y las botas de fútbol (multitacos) con las que soñaba mi generación hace quince años. Un jersey raído y una parca sin duda mal avenida completan su atuendo.

Una vez en casa, me espera el hospitalario propietario, que ve una película con su novio y un amigo. Hablamos de lo mala que es la película y de Andalucía. Sevilla, me dice, tiene una belleza muy especial. “Pero me parece una beldad -añade- en cierto modo, superficial, como Bolonia”. Tiene razón, como contrapunto me da el ejemplo de Córdoba, que, como a mí, le pareció un truco de magia. Es difícil encontrar una ciudad de ese calibre que no se haya convertido en un parque temático. La tentación del turismo es el gran enemigo de la esencia de la ciudad. “Siéntete como en el medievo”; “Mira de frente el renacimiento”; “¿Cómo vivían los árabes de Al-Andalus?”. Ennio, así se llama, siente que Bolonia se está olvidando de lo que es para intentar ser lo que un día fue, cuando la vecindad no tiene más remedio que vivir en el presente.

Es una ciudad inolvidable, Bolonia, extrovertida, fulgurante. Una comunidad universitaria la mantiene viva. A la pregunta de dónde vive la gente, Ennio responde que todavía hay quien puede vivir en el centro. “Poca gente, eso sí, el que se lo puede permitir”.