Borges arremetió contra el Siglo XX

Borges era tan absolutamente genial que no necesitó cambiar la literatura para revolucionarla

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Jorge Luis Borges, foto de Europa Press.

La primera vez que escuché hablar de Borges más allá de su erudición y fama, fue de mano de Luis Alberto de Cuenca, ese poeta que tanto me gusta y, a la vez, ese señor conservador que fue Secretario de Estado de Cultura con Aznar y que, según cuentan, le leía el mítico “political incorrectness” (Sé buena, dime cosas incorrectas/ desde el punto de vista político. Un ejemplo:/ que eres rubia. Otro ejemplo: que occidente/ no te parece un monstruo de barbarie/ dedicado a la sórdida tarea/ de cargarse el planeta…”) a Doña Esperanza Aguirre. Pensar en esa escena me conmueve. A don Luis Alberto le admiro en su totalidad, para mi es un gran poeta, el resto es secundario, con Esperanza Aguirre mantengo el amor odio que le tengo a las personas tan así.

Luego, en Florencia, mi amigo Carlos Campanario me dio a leer “La casa de Asterión”, ese relato tan maravilloso. Ese fue el cebo, claro. Borges arremete contra el Siglo XX, en primer lugar, porque es el mejor escritor del romanticismo decimonónico: Me explico. El tipo no cambia nada, desde mi perspectiva, de la literatura anterior, simplemente la mejora. Es decir, el tipo era tan absolutamente genial que no necesitó cambiar la literatura para revolucionarla. Dicen muchos que inventa la literatura fantástica: No es cierto en cuanto que Drácula es previo. Lo que pasa es que Borges la mejora dándole una vuelta de campana con un proceso que luego se ha copiado unas veces bien (véase El hombre en el castillo, de Dick) y otras veces no tanto.

Los relatos sobre tiempos pasados, con un existencialismo que, bajo mi punto de vista, es puramente romántico, se mezclan en la literatura borgiana con absolutamente todo. Toda esa mescolanza la hace en nuestra contemporaneidad relativa y nos habla de la lejana arabia que recorrían los literatos británicos y venéreos del siglo XIX y allí nos sitúa a un rey que tiene el laberinto más difícil y a la vez más sencillo del mundo, por ejemplo.

Borges arremetió contra el Siglo Veinte, en segundo lugar, porque no le gustó nunca. No le gustaba hablar de sexo en su literatura (de hecho Alejandra M. Picardo, ya la leerán por aquí, piensa que fue asexual) como hacían sus contemporáneos. Le imagino leyendo a Girondo, poeta argentino ocho años y siete días mayor que él, mientras despotricaba de su zafiedad. Aquello tan bonito de “me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo” tuvo que escandalizarle, digo yo, les reconozco que no lo sé a ciencia cierta. Creo que tampoco fue demasiado fan de la democracia y que le seducía más el leviatán de Hobbes. Su infancia viajera seguramente le propició, siempre bajo mi punto de vista, ansias de vivir como un pirata acomodado y eminentemente burgués.

Y aún así fue el mejor. Es tan bueno que abruma. Hay veces que Borges (supongo que como a muchos) me inspira tal o cual cosa, luego la escribo y la tiro directamente a la basura porque, total, para qué. García Márquez, por ejemplo, también es genial, pero es una genialidad más humana. Hay veces que Borges me da la impresión de que está relatando la historia universal tal y como fue, que no hace literatura sobre un país lejano y antiguo, sino que hace un manual historiográfico mucho más interesante y ameno de leer que cualquier otro.

Luego está el hecho de que se la traía absolutamente al pairo el tamaño de sus relatos, “lo bueno, si breve, dos veces bueno” parecía su máxima. No escribía cosas de más de diez páginas y, sin embargo, lo decía todo; no necesita uno saber más de ninguno de sus cuentos, en los cuales hace una poesía sutil.

Quedan mil cosas que decir; hablar de que era un gran lector, de la torpeza que le propició su ceguera, de sus amanuenses, de sus amores… Todo eso lo dejaré para el día en que entienda las cosas que dice: Hasta ahora, por más que le leo, siempre me deja en esa incertidumbre de pensar que hay algo que se me escapa.