Camaleón Político

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Foto Europa Press

La política es un método. La investidura es un método. Un modo ordenado y sistemático de proceder. Enfrascado en encontrar un método para analizar la intervención de Pablo Iglesias, llegué a la conclusión de que la mejor forma de proceder era sencillamente el gran dilema del debatiente: ¿fondo o forma?

Si nos centramos en el fondo del discurso, Iglesias da por sentado desde el primer momento la negativa de su voto. Como negativo -considera- será el resultado de la investidura. El único objetivo por tanto de la sesión no es más que “lo escuche la gente verdaderamente importante: la que está ahí fuera”.

Siguiendo la línea ideológica del partido, la “gente corriente” se convierte en destinatario y esencia de su discurso. Frente a esta gente corriente, afirma Iglesias, el Partido Popular responde únicamente a socios e inversores. Defender al pueblo frente a socios e inversiones, explica Iglesias, hace que Podemos pierda la respetabilidad de los más poderosos, cosa que no lamenta sino más bien todo lo contrario. “Merecer el odio de los que envenenan al pueblo es la mayor de las honras” afirma el líder de la formación morada, parafraseando, paradójicamente, a Pablo Iglesias, el socialista.

El rotundo ‘no’ de Iglesias, viene seguido de una crítica radical al Partido Popular. Radical: no sólo en términos políticos como ideología de izquierdas (que también) sino porque va hasta la raíz del PP, hasta sus inicios. Pablo Iglesias afirma, y vuelve a repetir durante sus intervenciones, que Mariano Rajoy está al frente de “un partido fundado por Ministros de una dictadura”.

Pero como la ocasión requiere, la piedra angular de la intervención de Iglesias es el acuerdo PP-Ciudadanos. Los puntos dedicados a la corrupción son el blanco principal de Pablo Iglesias quien afirma tajantemente: “hablar de su gestión es hablar de corrupción”. No olvida los casos del resto de partidos -con mención incluida a los ERES- pero sí intensifica la crítica hacia el PP: “ustedes han naturalizado la corrupción”.

En materia social, Pablo Iglesias mantiene el discurso junto al cual levantaba su puño en campaña electoral: “que ustedes sigan gobernando será un desastre para la gente corriente.” Los acuerdos en materia laboral, pensiones, violencia de género o sanidad no pasan desapercibidos para Iglesias, los cuales critica reciamente.

Las cuestiones internacionales tienen un peso fundamental en el discurso de Pablo Iglesias (al contrario que en el resto de discursos de investidura). De los 150 puntos del acuerdo, sólo 6 abordan temas internacionales, los cuales Iglesias resume como “más belicismo, menos cooperación”. Aún más llamativo es que ninguno de estos 6 puntos sea sobre América Latina. Con ello, Pablo Iglesias intenta demostrar que el interés político por Venezuela responde únicamente a motivos electorales.

En líneas generales, Pablo Iglesias hace una crítica feroz al Partido Popular. No obstante, en su discurso brillan por su ausencia las propuestas y alternativas concretas a un modelo que intenta demoler por completo. El resultado de destruir sin construir no es más que ruinas.

Pero el líder de la formación morada no sólo arremete contra el Partido Popular. De forma concisa pero contundente critica a Rivera que tacha de marioneta de intereses ajenos.

Todo se transforma cuando se dirige a Sánchez. El tono, él léxico y como no, el mensaje cambia de forma camaleónica. Iglesias llega a elogiar a la formación socialista por soportar la presión que ha estado aguantando. Y agradece que no haya pactado con el PP. Elogios y agradecimientos nada usuales en el actual Parlamento. El momento estratégicamente más importante se produce cuando Iglesias lanza el balón al tejado socialista “decídase Sr. Sánchez”.

Por otro lado, cuestiones ideológicas a parte y centrándonos en los aspectos formales, podemos concluir que nos encontramos ante todo un experto en oratoria y comunicación.

Iglesias introduce en su discurso (que en su mayoría es culto dado el público del Parlamento) palabras coloquiales: “rico”, “pueblo”, “gente”. Este contraste léxico consigue que el oyente reciba constantes toques de atención. Las palabras no son simplemente palabras. En la elección de estas se refleja toda una ideología: un discurso por y para la gente.

El mismo efecto de llamada de atención consigue con el control de su voz. Iglesias sabe perfectamente cuándo tiene que alzar la voz hasta el punto de que el micrófono no sea necesario, así como casi-susurrar, cuando el mensaje lo requiera. Una montaña rusa que va acompañada a la perfección por un pulido uso del lenguaje corporal. Hasta sus usuales camisas consiguen diferenciarlo de la mayoría del hemiciclo.

Sin olvidarnos de su tono, que experimenta virajes camaleónicos. Pablo Iglesias deja patente durante la investidura que es capaz de pasar de su habitual tono agresivo, ceño fruncido incluido, a uno calmado y apacible, casi jovial.

Además de ello, el líder de la formación morada desarrolla un discurso muy visual, con constantes metáforas e imágenes: “marioneta” “burbuja naranja” “chicle de McGyver”, que hacen que su mensaje no pase desapercibido. Para finalizar sus discursos, Iglesias nunca olvida incluir citas o recursos literarios. Del “sonrían, que sí se puede” llegamos al “porque fueron somos, porque somos serán”.

En fondo, el dirigente de Podemos anuncia un muy previsible “no” que, sin embargo, fundamenta con una íntegra crítica al Partido Popular y a su acuerdo con Ciudadanos. En forma, Pablo Iglesias demuestra en este debate que el mejor orador es, simplemente, el que mejor se adapta a las circunstancias. Todo un camaleón político.