Candidato Gato irrumpe en Sevilla

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El gato grisáceo con pinta macarra de la señora del bajo miraba su horizonte felino, el colegio que está justo en frente de la ventana, cuando un desafortunado ratón urbano y menudo como el perfil de una reja cruzó su camino. El gato agachó la cabeza, cargó su peso sobre las patas traseras, subió su rabo de veleta e hizo amanecer a sus garras.

Se abalanzó el gato como si aquel fuera el último ratón sobre la faz de la tierra y lo metió debajo de una furgoneta usada para llevar materiales de cerámica, la del vecino del tercero. Se escuchó su maullido selvático, el suelo se abrió bajo las almohadas de sus patas y la noche se hizo de plata tras la estela de sus garras.

Los vecinos salieron a las ventanas, “¿qué ha sido eso?” -decía cada rulo de la señora del segundo, “cagon tó sus castas, cómo se nota que el que sea no se levanta a las seis y media…” -dijo el tipo del primero- “Vamos a respetarnos, hombre, vamos a respetarnos”, dijo el Presidente de la Comunidad, que siempre buscó el talante.

Al público primario se le sumaron dos bloques de vecinos que dejaron de ver el programa de Bertín Osborne, ya podía ser grave el asunto, pero no había noticia visual o sonora de aquella trama entre el roedor y el felino. En medio de la confusión, el gato aprovechó e hizo firmar al ratón una hipoteca y dos avales para las primarias del Partido, mientras decía: “Bueno, Josele, pues ya hemos hecho lo nuestro, que tú sabes que si no hacemos estas cosas los humanos se confían.”; “Yo lo sé, Pacoli, yo lo sé, tú no te preocupes”; “El Lolo, ¿Cómo está?”; “El Lolo se ha hecho una casa con la parienta que parece que la han decorado los de la ONCE, Pacoli”; “No es hortera el Lolo, Josele…”; “Cómo lo sabes…”; “Al final, se habrá puesto hasta gotelé”; “¿No se lo va a poner, Pacoli? ¿No se lo va a poner?”

Y salió de debajo de la furgoneta el gato grisáceo, macarra y chulesco de la señora del bajo, volvió a su posición, elegante, moviendo las clavículas, y de un salto se encaramó a la ventana para seguir viendo lo que nadie veía en la oscuridad.

“Qué mamón, el gato, cómo lo ha triunfao, en verdá. Que le apetece ratón, pues ratón; que le apetece queso, queso; que le apetece ver el programa de Bertín, pues lo ve sin problema… Qué artista el gato…”, se escuchó en la escalera.