Cervantes en el Parnaso, un juego al que entrar

La compañía, que este sábado estará en Marbella, hace de la obra un juego en el que es fácil entrar.

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Cartel de "Cervantes en el Parnaso"

Un Cervantes desdichado por su falta de fama recién acaba de componer “Viaje del Parnaso”, un poema donde el autor del Quijote maldice la inapetencia que le tuvo el vulgo a su poesía. Y es que cuando Lope de Vega había entrado de largo en el Siglo de Oro español, Cervantes seguía en una comedia anticuada para la época, con una altura inalcanzable para la mayoría. ¿de qué va la obra? parece preguntarle el librero encarnado por Daniel Migueláñez, Cervantes le contesta, ahí la obra pasa de ser metaobra a obra en sí misma.

Bien merecer una reflexión este apunte. Cervantes no fue el gran poeta que quiso, para mi gusto, y es que la altura de su poesía es absolutamente contraria al Quijote. Cuando uno lee el Quijote piensa que se escribió para la popular, no obstante, en sus telarañas vemos cientos de lecturas, muchas de ellas adelantas a su tiempo. En ellas descubrimos un mensaje libertario y dignificante del ser humano escrito con una sutileza carismática y fina. Si bien Bartolomé de las Casas (Sevilla, 1474 o 1484 – Madrid, julio de 1566) medio siglo antes había pensando en unos aún primigenios Derechos Humanos, Cervantes no fue el único literato de la época en referirse a ellos (convendría recordar, por ejemplo, El Alcalde de Zalamea de Calderón), pero sí fue el que mejor lo hizo. Cervantes busca esta alteza también en la poesía, mas no la consigue.

Crismar López, como Constanza
Crismar López, como Constanza

Vayamos, después de tanta introducción, a la obra. La obra es un juego propuesto al espectador, tanto Migueláñez como Crismar López interpretan a tres o cuatro personajes cada uno, lo cual exige una fortísima simbiosis con el público para que éste no se desconcentre. Migueláñez juega con su voz y sus andares para ser un Apolo altivo, como corresponde, o un Mercurio juguetón; López es Poesía o Constanza dependiendo de cuánto sonría o cuán pícara sea. Ya hablaremos, quizás en otro artículo, de la maravilla que ha sido ver al mismo personaje dos veces y de dos formas tan distintas: Por un lado Irene Ruiz en Las Cervantas, por otro, Crismar López en Cervantes en el parnaso.

Crismar López, como Poesía, con el vestido cuya manga usa como vela mayor de un barco de versos.
Crismar López, como Poesía, con el vestido cuyo ancho usa como vela mayor de un barco de versos.

El juego consiste en el ritmo que el público siga, en la debilidad de la cuarta pared y en el dinamismo actoral y del propio texto. El ejercicio estaba en acelerar y contemporaneizar un texto denso donde Cervantes se quiere mucho, eso se consigue a base de juegos visuales donde no hay nada que ver, imagínense: “el barco (vehículo que usa Cervantes para ir al Parnaso) está hecho de versos”, dice López, ni siquiera de libros, ¡de versos! Todo ello mientras el personaje, en una acotación de guión preciosa, levanta su brazo con el ancho de su vestido a modo de vela mayor hecha de redondillas. Más tarde, de repente y para que se entienda, un telediario para contar la guerra entre poetas y poetastros, un selfie que se tiran… Un juego maravilloso al que entrar.

El gran acierto de Carlos Jiménez, entonces, es cabrear a Cervantes: Ha popularizado (en el sentido que le hubiera fastidiado al gigante literario) una obra densa y altísima escrita para lo que Juan Carlos Aragón llama “una chusma selecta”. La paradoja es encantadora.

Joaquín Navamuel, mención aparte, se había puesto malo ese día, un cólico le hacía doblar los riñones. Parece que le vino bien, se acordarán los fans de Friends de aquel episodio en el que Joey va a hacer un casting y el que le hace la prueba le dice que es demasiado horizontal, que había que ser más vertical, vuelve y, al estar orinándose, le da un carácter especial al personaje que seduce al director. Sea como fuere, el artista estuvo estupendo.

Estarán este sábado haciendo Voces en el silencio en Marbella, no hay que perdérselo. Volverán a la escena de Madrid con el Minotauro de Cortázar, una obra en la que se ve aquel mito de una forma distinta, como también hizo Borges en su día en un cuento llamado “La casa de Asterión”, ya les contaré de ello.