Ciclistas y bicicleteros

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Carril bici

No es lo mismo ser ciclista que ser bicicletero (y no nos referimos al mueble donde se aparcan las bicicletas). Ambos tienen en común una cosa, es cierto: la bicicleta; en lo demás hay pocas coincidencias.

Un ciclista, y hablamos en términos generales, es un deportista y por lo tanto disciplinado, conocedor de las normas del deporte y respetuoso con ellas. Es frecuente ver pelotones de ciclistas, sobre todo en carretera locales y comarcales, que circulan en grupo observando las normas establecidas en la legislación vigente.

Los ciclistas, además de tener un entrenamiento adecuado, suelen llevar bicicletas apropiadas, una indumentaria acorde y observan las precauciones correspondientes al riesgo que entraña circular por una vía por la que también circulan vehículos que van a más velocidad, y que pueden resultar un peligro. Los conductores de estos vehículos, automovilistas, son los que deben observar  por lo general, un cuidado especial cuando distinguen un ciclista o un grupo de ciclistas.

Otro carácter que suelen tener los ciclistas es que son personas educadas. Lógicamente todos conocemos excepciones que también se dan en otros usuarios de las carreteras.

Un bicicletero no es un ciclista. Y cuando decimos “bicicletero” no queremos referirnos, como indicamos al principio, al aparato, sino al urbanita (es un espécimen mucho más común en la ciudad) que hace todo tipo de cafrerías, salvajadas y comportamientos temerarios para su propia persona y que falta el respeto al resto de ciudadanos, despreciando incluso la integridad de las personas. Ciertamente también hay urbanitas que utilizan la bicicleta y son personas educadas que respetan las normas, que no se sientan aludidos.

Los bicicleteros son esos individuos maleducados que circulan por las aceras a toda velocidad rozando a los viandantes, que se cruzan por los pasos de peatones,que se saltan los semáforos en rojo, que se meten en sentido contrario, que circulan por la izquierda, por los parques cerrados al tráfico, que van sin luces sin importarles el riesgo propio, que desprecian los problemas que pueden ocasionar a los automovilistas, que dejan la bicicleta “aparcada” en medio de la acera molestando e impidiendo el normal paso a las personas… Son en definitiva los bicicleteros, personas incívicas y maleducadas cuyos comportamientos no coinciden ni por asomo, con lo que se podría considerar de normalidad social. Y cosa curiosa, cuando les recrimina alguien su comportamiento, suelen reaccionar violentamente y, a voz en grito, para “explicar” a quien le reprueba que “tiene derecho” a ir en bicicleta. Son muy “conocedores” de sus “derechos” y poco de sus deberes; gritan como energúmenos haciendo bueno el dicho de que “no por gritar mucho se lleva más razón”. Es un espécimen frecuente en las capitales, pero que también se da en poblaciones más pequeñas, y con presencia en todas las categorías: jóvenes, maduros, mayores, hombres, mujeres… Claro que la culpa no la tienen ellos: la tienen sus padres que no los han educado.

Luego están los ayuntamientos que, siguiendo una norma “políticamente correcta” impuesta por la clase política y organizaciones de perriflautas que, como malos tahúres, hacen de su comportamiento ventajista un modo homologado de circular, quitan espacio a los peatones para hacer el famoso “carril-bici” con dinero de todos los ciudadanos. Y no es que esté mal, pero si se quieren espacios acotados para los “bicicleteros” que se haga como con los vehículos: que paguen un impuesto de circulación y que estén identificados para poder exigírseles responsabilidades. Lo que no es de recibo es que se restrinjan derechos (en este caso espacio) a todos los ciudadanos en beneficio de un grupo.

A todo esto si no surge algún ayuntamiento que se apunte a la modernidad y a lo políticamente correcto, y hagan un carril bici que no utiliza nadie, y que sale por un ojo de la cara, por el que no circula una bicicleta ni por error. Eso sí, con dinero de todos los ciudadanos pero sin contar con los ciudadanos. Y que encima se cometan barbaridades como estrechar la calzada hasta límites temerarios, pintar y balizar el carril bici, y no señalizar el estrechamiento creando un doble peligro: sobre todo para el posible ciclista que es el que se juega la integridad cuando un vehículo viene de frente, porque si es el vehículo el que sufre el accidente, el responsable será ese ayuntamiento.