Ciertos problemas que tenemos los que somos muy guapos

Sí, todo el mundo habla de mi pelazo mediterráneo, pero los guapos también tenemos nuestros problemas. Y son serios, cuidao.

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Josema, uno di noi. Europa Press.

Yo sé que es difícil de entender, pues la mayoría de ustedes son gentes de poco lustre estético (digámoslo así, que no es cuestión de hacer sangre), pero los guapos también tenemos nuestros problemas.

No diré que no tenemos ventajas, cuidao. Si hay que confesar, les confieso que tengo pelazo. Bueno, en realidad no es algo que confiese porque cualquiera que me vea puede observar por sí mismo (o misma) que tengo un pelazo indiscutible: castaño oscuro, muy mediterráneo, en conjunción con las cejas y con una barba regia lo cierto es que hay veces que me levanto por la mañana y yo mismo me confundo con un dios griego, no digamos ya las personas ajenas a este cuerpo olímpico; a veces, cuando me he despertado en casas ajenas tras una fiesta o una acampada, ha habido desmayos.

A ustedes no les pasa porque… Bueno, no vamos a decir porqué no les pasa, pero los desmayos que causa alguien bello son más o menos así: «¡Oh, Adonis!» (se llevan el dorso de la mano a la frente y las rodillas fallan por perder paulatinamente su fuerza. Plof.)

Lo mismo me sucede con la ropa: todo me queda bien. Hará dos meses me puse un espantajo más propio de un ministro norcoreano que de un tipo como yo y así salí a la calle. En casa me dijeron que si de verdad pensaba salir así, que igual me veía alguien, pero yo salí porque me apetecía sentirme como se siente alguien feo habitualmente, sin embargo, tuve mala suerte porque la verdad es que aquel atuendo me quedaba estupendamente y no pude llegar a experimentar qué siente alguien feo.

Ahora el espantajo está de moda, el otro día se lo vi a Jon Kortajarena, que no es asimétrico del todo, el muchacho.

Sin embargo, entre las desventajas está el hecho de que como soy un tipo bastante alto tengo que mirar a la gente desde arriba, así que tengo un dolor de cuello persistente. Además, está mi presunción de belleza. Llega un punto en que cuando no me prestan atención me siento mal. Acostumbrado como estoy a las grandes pantallas, los focos, los camarógrafos o las preguntas insistentes, cuando no me echa nadie cuenta me falta un algo.

Por eso entiendo perfectamente a Pablo Iglesias, que ha tenido que montar una moción de censura para que alguien le prestase algo de atención. En el fondo, le comprendo.