Ni cinco minutos de mi vida

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Foto Europa Press

Hace casi medio año escribía un artículo que titulaba “Mi identidad” y trataba en concreto sobre qué era para mí “ser español”, y lo ponía en relación con los nacionalismos secesionistas y el derecho de los pueblos a autodeterminarse. Hoy siento que repito tema, porque la actualidad me obliga a escribir sobre un suceso que se ha dado en nuestro país que ha tenido como protagonista al director Fernando Trueba, y ha reavivado esos ataques que muchos ya estamos cansados de ver contra quienes se dedican a producir cultura en este país y desgraciadamente necesitan que su trabajo esté subvencionado.

Fernando Trueba, de una forma tremendamente provocadora, delante de las autoridades, el público, y el equipo adjudicador del Premio Nacional de Cinematografía con el que se le acababa de premiar, dijo que no se había sentido español “ni cinco minutos” de su vida. Y puede que no lo sepáis, pero para quienes no nos sentimos españoles, 5 minutos son muchos minutos para tan maños menesteres.

En este artículo quiero reivindicar, más allá de la polémica adyacente, a quienes no nos sentimos españoles.

En primer lugar: no es una elección. Ojalá dependiera de nosotros, pero hay determinadas cuestiones que forman parte de nuestra identidad que nosotros no elegimos. Aunque nos levantemos mañana diciendo que vamos a creer en Dios, seguiremos siendo tan ateos como cuando nos acostamos. Y lo mismo con sentirse español. Me arriesgo a decir que tampoco influiría mucho dormir con la bandera de sábana y colcha y el retrato de los reyes en la mesita de noche.

En segundo lugar, y por marcar distancias con el anterior artículo en el que a modo de chascarrillo comentaba que no sabía que era eso de ser español: ser español es una condición jurídica, producto combinado de estar en un determinado punto geográfico en un momento concreto, con una legislación que te vincula a ese punto. Es decir, soy español porque lo dice la Ley. La nacionalidad se detenta, y habrá quien la sienta, pero a muchos nos vale con lo primero.

En tercer lugar: no sentirse español no convierte a uno en antiespañol, ni sentir los colores es condición necesaria para merecer un premio nacional, más aún cuando esa persona de la que hablamos ha dedicado su vida a la producción cultural nacional, que es marca España. Y es triste que se haya creado la oportunidad para que la derecha recuperara por momentos su tradicional cruzada contra la cultura nacional con el típico y rancio argumento de señalar a los/as creadores/as acusando de chupar del bote. Eso sí que es triste y me hace sentir vergüenza de mi país.

Desde estas líneas, cuando digo que reivindico nuestro derecho a no sentirnos españoles, lo que hago también es reivindicar un Estado moderno, adaptado al S. XXI, que se centre más en el concepto de ciudadanía y vaya dejando de lado la romántica idea de nación.

Entre otras cosas porque la segunda implica para muchos sectores de este país una falsa idea de uniformidad en la que aquello que se escapa de lo normativo, de lo esperado y exigido, queda automáticamente excluido del esquema. Fernando Trueba es uno más, y puede que él no lo sepa, o quizá sí, pero pese a su intención meramente provocadora posiblemente para sacar rédito para su estreno, ha planteado un debate muy importante, que en mi opinión debe resolverse, como digo, progresando a la ciudadanía como vinculación del individuo con el Estado, y que nadie nos pueda acusar de no sentir lo que ellos sí sienten.

Ha llegado la hora de que en este país nos dejemos de señalar con el dedo los unos a los otros. Es más, se hace tarde.