Ciudadanos y Progresistas

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Foto Europa Press

Un aviso de entrada: este artículo no va dirigido a los lectores de derechas; algunos tan amables que hasta me exponen sus opiniones disconformes, lo que enriquece el vocabulario y la práctica de la dialéctica. Por eso, en esas ocasiones agradezco sinceramente esas notas opuestas al contenido habitual de mis artículos periodísticos. De todas formas, gracias por el detalle de haber llegado hasta aquí, pero quiero evitarles sofocones y que se encuentren perdidos ya que no entenderán lo que digo; son sencillamente temas de un mundo distinto, incomprendido para la derecha: el mundo de las ideas. ¡Gracias!

Somos muchos los que, desde posiciones de izquierda, sin apellidos, nos planteamos la meta a la que nos conduce la actual sociedad, esta sociedad multicultural, globalizada, sin límites técnicos previsibles a corto plazo, pero en la que las metas inmediatas de algunos es tan sólo una idea cegata, absurda y con poco recorrido: la detentación, per se, de la riqueza, la acumulación de bienes (la mayoría de las veces ficticios) y la creación de una élite social súper minoritaria embrutecida por la visión única del dinero. El resto de valores, para estos oligarcas no cuenta. Y en este reducido grupo, reducido en número en comparación con el conjunto de la sociedad, hay personajes de todos los credos e ideas políticas. Perdón de todas las ideas políticas no: hay trileros que han representado el papel adecuado para engatusar a muchas personas de buena fe y que, la verdad siempre aparece, a la larga están demostrando cuáles eran sus credos. Usando la expresión bíblica: ¡el que quiera entender que entienda!

Los ciudadanos normales, los que llegamos justitos a fin de mes y los muchos que no consiguen llegar de ninguna de las maneras, estamos cansados de gurús que nos quieren indicar el camino luminoso de la felicidad, aunque ellos circulan por la autopista privada de peaje que para eso tienen la visa platino. Los ciudadanos normales, retomamos el término, queremos un socialismo sin etiquetas, eso que nuestros padres y nuestros abuelos escuchaban de los labios de los fundadores de la idea: Igualdad, justicia y libertad. Si se quiere también le quitamos la etiqueta “socialismo” y ponemos en su lugar la de “idea”. Por eso, nos sobra y hasta nos cansa, la insistencia de algún que otro gurú que se ha pasado al bando al que siempre ha pertenecido, o ha querido pertenecer, a pesar de que durante muchos años desempeñó el papel contrario; ¡un gran actor!

A los ciudadanos de a pie, la inmensa sufrida mayoría de esta sociedad fustigada por esa élite minoritaria, despiadada y cruel, ya no nos valen ni las banderitas de la sangre (el término lo van a entender los santones iluminados del progrerío), ni la solera de los años. La solera es muy buena para los vinos generosos que son uno de los tesoros de nuestro país.

Los ciudadanos que empezamos a despertar del sueño hipnótico en que nos sumieron los citados predicadores del progresismo a medida, somos pragmáticos y exigimos conductas acorde con las ideas. Y el comportamiento, no sólo ante la investidura, que también, del presidente más conservador y con política más regresiva conocido en toda la democracia española, por poner un ejemplo a corto plazo, sino a lo largo de los cuatro años, si es que consiguen llegar, de la triste legislatura actual, nos harán inclinar nuestras simpatías, y nuestra fuerza en forma de votos, hacia los que tengan un comportamiento honesto y leal con las clases populares. Seguro que algunos pensarán: ¡largo me lo fiáis! Calma, que todo llega porque, como dice el refrán, torres más altas han caído.

Las ideas son libres y por tanto no pueden ser manipuladas por demagógicos intereses mercantilistas. Si alguien tiene la ocurrencia de “reconducir adecuadamente” nuestras ideas, le aconsejamos que la abandone antes de intentarlo: no vamos a renunciar a nuestra libertad y por tanto nadie va a poner condiciones a lo que queremos expresar.

Nunca ha habido un paradigma más claro: iLas ideas con etiquetas dejan de ser ideas para convertirse en consignas!

Por eso, los que tenemos el vicio de escribir lo que pensamos, sin que se nos condicione por línea editorial alguna (todavía quedamos algunos, poquitos, afortunados), seguiremos expresándonos en las tribunas que nos ofrecen para hacerlo libremente, sin cortapisas.