Colombia y la paz

Festejemos, pues, que a tantos kilómetros de distancia los acuerdos existen, que la paz existe.

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Andalucía al Día, Colombia
Bandera de Colombia en el Palacio de Cibeles el día de la última etapa de la Vuelta a España. Foto de Fernando Camacho.

A la nueva persona del clan
del Sirio Moisés, que sabrá de la guerra
pero sólo de oídas. 

Siempre me gustó contar la anécdota en la que Andrés del Castillo, colombiano residente en Europa, da una charla en el Madrid de octubre de 2012. Todo el mundo hablaba de crisis y él diciendo que eso era muy triste, “pero ustedes tienen paz”. Aquello fue convocado como un evento de diálogo y acabó siendo un diálogo entre neoliberales sobre cómo neoliberalizar el mundo, pero Andrés puso un toque de distinción.

Casi cuatro años más tarde, Madrid celebraba la última etapa de la vuelta ciclista a España de 2016. Ganaría la carrera un corredor del Departamento de Boyacá, donde según Andrea Amaya, recién llegada a Madrid el Distrito Capital, se encontraba el ejército realista al mando del General Barreiro hasta la llegada de Simón Bolívar. Nairo Quintana es recibido en el Palacio de Cibeles por cientos de compatriotas. Una sección, además de la camiseta color mostaza de la Nacional de fútbol, lleva pancartas: “Colombia lucha por la paz”.

Andalucía al Día, Colombia
Foto Fernando Camacho

De natural curioso, pregunto: ¿Qué es esto? Me llevan a uno de ellos, distingo su acento paisa porque después de ver Narcos ando investigando, según el antioquiano, el tipo al que me lleva es el que más me puede resolver: “Vinimos a festejar que Nairo vence y, de paso, a festejar el acuerdo y movilizar, necesitamos la paz”. Se llama Camilo, es sociólogo y periodista, de Bogotá.

Me habló del narcotráfico que financia las FARC, del mal repartido campo de la Colombia invisible, me da una estadística que refleja un abuso de un capitalismo salvaje aún más salvaje en Latinoamérica y otra que refleja el abuso de una guerra, me dice que al acuerdo sólo se opone una derecha rancia.

Cuando me habla del reparto de la tierra, de acuerdos y desacuerdos, recuerdo citas de García Márquez, me es inevitable y su acento suave colabora: “Acá en la ciudad ya no nos matan con rifles, sino con decretos”, dice algo así -escribo de memoria- en El amor en los tiempos del cólera; en El otoño del patriarca dice algo como “los conservadores compraron todo lo que los liberales quisieron vender”. En Cien años de soledad la compañía bananera aparece y hace desaparecer. Parece que los lectores afortunados ya habíamos leído parte de todo este embrollo, de este conflicto multipolar que muchos no-lectores llenos de infortunios han querido simplificar.

España apareció, por cierto, parece que por primera vez desde aquel General Berreiro, a última hora, como si tuviera curiosidad en ver cómo se firma un acuerdo. Se han visto imágenes del Rey Padre saliendo, cada vez más vencido por la edad, de un coche oficial. Rajoy desvelaba la firma en el debate de investidura, aunque fuera un secreto de Estado en Colombia. El Ministro Margallo está en Colombia, pero está en funciones.

“¡Díganle a Mauricio Babilonia que ya puede soltar las mariposas amarillas!” dijo el jefe de la guerrilla. Lo mejor que dio aquel mecánico, en realidad, lo tomó en su vientre Meme Buendía. El bueno de Mauricio se metía a escondidas en casa de los Buendía y la constancia le dio un hijo al que su suegra, doña Fernanda, no quiso en un principio, pero luego lo festejó diciendo que lo había encontrado en una cesta, como a Moisés. Créame, señor Uribe, que a la paz se acaba acostumbrando uno antes que a la guerra.

Festejemos, pues, que a tantos kilómetros de distancia los acuerdos existen, que la paz existe.