Cómo una ausencia puede promocionar un debate

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Soraya Cruz, mejor delegada del Consejo de Seguridad de Ovimun 2014 | @cruzsoraya
Soraya Cruz, mejor delegada del Consejo de Seguridad de Ovimun 2014 | @cruzsoraya

Y sin quererlo ni pretenderlo, como de costumbre, Mariano Rajoy ha convertido este ‘debate decisivo’ en un éxito de audiencia. Su imperdonable ausencia en esta contienda a cuatro por la Moncloa ha generado todavía más curiosidad en una ciudadanía confusa e indecisa que desearía cerrar los ojos y levantarse a la mañana siguiente con la decisión sobre su voto tomada. ¿Quién le iba a decir a la maquinaria mediática de Atresmedia que contaría con la inestimable ayuda del candidato popular a la reelección para promocionar este histórico debate?

La presencia de la vicepresidenta del Gobierno en su lugar ha transmitido a los españoles una paupérrima imagen del líder de los populares, además de una creciente y cada vez más fundada sensación de que su ‘fiel escudero’ y número dos lo está adelantando por la derecha. Y es que a Mariano Rajoy se le amontonan las tareas para el 20D, pues no sólo tiene que acreditar su valía sobre el resto de aspirantes a la Presidencia del Gobierno, sino también su competencia dentro de su propio partido -algo parecido le ocurre al líder socialista, Pedro Sánchez-.

Sáenz de Santamaría sabía muy bien lo que se jugaba en este debate a cuatro y, por ello, comenzó visiblemente nerviosa. Acostumbrados a una ‘dama de hierro’ con voz firme y expresión altiva y desafiante, nos sorprendimos al encontrar a una pequeña mujer cuya voz temblaba por momentos y emitía algún que otro gallo. También le costaba al principio verbalizar sus pensamientos, evidenciando que no está acostumbrada a debates y que tarda en entrar en calor. A su favor han jugado su típica contundencia y claridad y su proyección ascendente conforme avanzaba la contienda política. En su contra, el típico ‘y tú más’ y alguna que otra frase lapidaria en el bloque de corrupción, como la siguiente: “Cuando uno quiere dar lecciones tiene que predicar con el ejemplo”.

En concreto, se refería con esta frase al candidato de Podemos, quien se mantuvo bastante solvente durante todo el debate. Y es que, a diferencia de Santamaría y Rivera, Iglesias inició el debate tranquilo y consiguió mantener esta serenidad hasta el final, salvando algún que otro momento en el bloque de Cataluña, cuando se refirió a la manifestación por la autonomía andaluza en 1977. Con todo, el líder de la formación violeta consiguió conectar con su electorado, situando a PSOE y Ciudadanos a la derecha y evitando caer en la radicalidad de la que tanto le acusó Pedro Sánchez. Además, a diferencia de este último, la aparente tranquilidad de Iglesias resultó natural y no fingida, como sí lo fue la del líder de los socialistas, quien acabó convirtiendo su falsa seguridad en chulería.

No es lo mismo participar en un debate de alto nivel con aspirantes muy rodados, como es el caso de Rivera y de Iglesias, que realizar unos cuantos mítines rodeado de los tuyos: el nivel de exigencia no tiene ni punto de comparación. Y lo que ha quedado claro es que a Sánchez le cuesta salirse del guión y de su típico mensaje enlatado, hasta el punto de confundir la seguridad con una chulería que rozaba por momentos lo grosero. De este modo, el Ken que muchas madres querían para sus hijas se convirtió en el chulito del pueblo.

Con todo, el candidato socialista también tuvo sus aciertos, como el resto de aspirantes, mencionando algún que otro tema que había pasado desadvertido hasta el momento, como la discapacidad. Aportar ideas nuevas a un debate suele ser beneficioso, pero si uno simplemente las menciona, sin apenas desarrollarlas, casi es mejor que no lo haga. Y es que lo único que conseguirá es ’empachar’ al espectador de ideas, haciendo que este último se quede con la paja y no con lo fundamental.

En cambio, la estrategia de dejar claras sus ideas la conoce muy buen Albert Rivera, a quien se le nota -y mucho- su experiencia en el mundo del debate universitario. De hecho, esta pericia no sólo se observa en la forma de organizar su discurso, en el que trata de seguir la estructura Argumento-Razonamiento-Evidencia (ARE), sino también en la forma de paliar su nerviosismo y en el uso de documentos físicos para apoyar sus ideas -como la portada de El Mundo con los originales del extesorero del PP Luis Bárcenas-.

Con todo, hemos visto a Rivera un pelín más flojo que en otras ocasiones, a diferencia del cara a cara con Pablo Iglesias en Salvados.Y es que el líder de Ciudadanos, al igual que Sáenz de Santamaría, sabía que se jugaba mucho tras su éxito en las encuestas y ello le supuso un estrés añadido: ciudadanos a los que todavía les cuesta situar a la formación naranja en el mapa político y cuantiosas personalidades de la política y de la economía lo iban a analizar con lupa. De ahí ese visible nerviosismo al comenzar el debate y esos movimientos corporales en ocasiones un poco exagerados -de algún modo hay que esconder los nervios y librarse de ellos-. Con todo, al igual que la vicepresidenta, se ha ido sosegando y creciendo conforme avanzaba el debate, pero sin mojarse lo suficiente al ser preguntado por apoyos y pactos tras el 20D.

Así es que en un debate a cuatro es todavía más difícil establecer un ganador y un perdedor, a pesar de que ya había, tal y como se afanaron en remarcar PSOE, Podemos y Ciudadanos, un vencido de antemano: Mariano Rajoy. Todos los candidatos han tenido momentos más y menos lúcidos, a pesar de que algunos han registrado más sombras que otros. A Iglesias y a Rivera se les notó que se desenvuelven bien en un debate, mientras que a Santamaría y a Sánchez se les vio más incómodos y desorientados y, en ocasiones, centrando el debate sólo en dos campos: el del PP y el del PSOE. Con todo, la primera suplió su falta de experiencia en este ámbito con su habitual claridad y contundencia, mientras que el segundo no escogió el camino más adecuado, afanándose en que había hablado menos que el resto y mostrándose un pelín agresivo.

Pero lo que ha quedado claro es que este debate ha marcado un antes y un después en la historia electoral de España, además de reflejar la caída del bipartidismo, la cual ha obligado al PP y al PSOE a autoexigirse más tras verle las orejas al lobo de las encuestas.