Corrupción festivalera

Ya va tocando decir que los festivales se están yendo a la mierda

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Foto Europa Press

El otro día me desperté de una de esas cabezadas que pegas en menos de media hora. Aparté al perro de mi cara (uno de sus refugios preferidos) y me encontré con un programa de La 2 donde salía una tía que no se había enterado de que había llegado a los cuarenta, con sus labios rojos y su mono vaquero. Encima hablaba con un intento de erotismo suave y le entrevistaba el primo hermano moderno de Manu Tenorio. Uno de esos truños que solo te tragas cuando estás hasta arriba o porque te pilla con la guardia baja y la televisión puesta. Y lo sabes, pero tienes que patalear.

Y yo claro, pues pego patadas hasta en mi mismo culo. La pureta comentaba que el Coachella se había convertido en una referencia de las tendencias y las modas y bribriblibli. Y que Benicassim era un perfecto ejemplo de la evolución de los festivales en España. Si evolucionar es una panda de mataos con pantalones cortos, camisetas de tirantes y gafas de sol de colores absurdos (que son más útiles por la noche porque te dan visión nocturna o algo así), yo soy un troglodita. Pero eso no es lo más irónico, lo más divertido es otro asunto.

La pasta. Siempre es la pasta. Estas historias te tiran tres cifras encima mínimo sin despeinarse entre estancia y desplazamiento, y si eres de los que cuentan cada euro porque no te sobran olvídate. Joder, que hay gente que lo tiene ya de gasto premeditado anual. Y no me parece mal, pero se nos va la olla con esta historia. Es como la anécdota del chaval que va al festival sin conocer a un miserable grupo y te suelta eso de “yo vengo por la fiesta”. Ni idea de que coño suena, solo le interesa el planazo de verano. Pegar botes, ponerse hasta arriba y a ver si pilla cacho (y a poder ser sin pensarlo ni buscarlo).

Ya lo que me remató fue cuando la experta en el asunto, desde su experiencia de blanco satén, comentó el boom de lo que se conoce como glamcamp. O básicamente, gastarte aún más pasta en una especie de jaima mora en la que pasar el festival cómodamente y sin falta de nada. Con su baño, sus camas, sus luces…y su lavabo para cuando llegas con la nariz blanca y te tienes que dar un agua en la cara antes de que te vean tus amigos. No se lo vayan a comentar a tus padres y eso, que cortan el grifo de billetes.

Es una lástima lo mires por donde lo mires. Al final todo se envenena, y del último Coachella se comentan más los últimos modelos y las coronas de flores retratadas por cámaras que valen más que una entrada que los conciertos en si. Y eso son likes o cualquier equivalente. Algo por Instagram o Twitter, no sé, me pierdo por ahí y prefiero seguir perdido.

Los festivales murieron con Altamont y el que no sepa -porque es su problema- que investigue y eso. Preguntadle a Jagger a ver que os cuenta de esa noche. Juntar a tanta gente mola mucho y eso pero por desgracia, se te cuelan siete montones de personajes que tenían el dinero y las ganas suficientes como para destrozarlo todo. La pasta tio, con pasta te cagas hasta en la Giralda.

¿Veis a este tio que canta en el mítico 69’? Pues en Altamont le pegaron una paliza. Por defender a su novia, esa morenaza vestida de blanco…Músicos, empresarios, público y festivales. No termino yo de verlo eh.