Cosas que me gustan

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Me gusta, por ejemplo, un buen serranito. Me parece un toque clásico cuando lo hacen en un mollete ligeramente tostado. Que tú dices: Podría ponérmelo en otra cosa, una viena, por ejemplo, pero no sería lo mismo. Tengo cierto debate interno al respecto del ali oli. Creo que en el serranito de cerdo no aporta demasiado meterlo dentro de lo que constituye el bocadillo; no obstante, cuando hablamos de pollo, por ser este animal de dieta, sí que aporta cosas sustanciales en cuanto que hace que el pollo sepa a algo.

            También me gusta la cerveza fría, que roce la congelación. Me gusta que el o la camarera me ponga otra sin tener que preguntar. Cuando un camarero se anticipa a tus deseos se establece una relación de amor aplicado a la hostelería. Cuando un camarero tira cervezas sin mirar estamos hablando de balones de oro que se han ido a las vitrinas de Messi sin razón alguna. Si veo chicarrones también los pido, eso ya es hasta romántico. Si me los pone sin yo pedirlos, me caso allí mismo. En mitad del bar, que la gente entre, mire y diga: “Ahí está un tío que se casó por una cruzcampo fría y una tapa de chicharrones”, que a mi me da lo mismo. El amor es el amor, oigan.

            Siguiendo en esta distinción culinaria, ante un buen salmorejo me levanto y pido que lo traigan bajo palio. Cuando destapo la lata de melva es como si sonara una marcha. Sé que es una marcha de Cristo, pero cuando me preparo a verter la melva (con su aceitito, que no se diga que hemos venido a adelgazar) me imagino que suena “ahí queó”. Los cordobeses igual me matarían. Luego le pongo, como si fuera yo el que viste a las imágenes de la hermandad, un huevo cocido y jamón en tacos. Y si bien José de Arimatea pidió una escalera, yo acostumbro a pedir un bollo. Carrera oficial.

            A riesgo de parecer pueril, las gominolas que tienen liquidito por dentro me parecen una obra de ingeniería alimenticia. Lo comparo con el puente que Calatrava hizo en Bilbao y me parece que Calatrava tendría que mojarse en vino. Ay, el vino, del vino no hemos hablado, pero, tirando de Manuel Machado: Con Cai y con Montilla-Moriles comulgo.

            También me pasa, y esto es confesión, que hay veces que me levanto porque me gusta más desayunar que estar tirado en la cama. Y, ojo, a mí mi abuela (¡mi abuela!) me ha llamado vago en repetidas ocasiones, paraíso del vago mayor que estar acostado no se ha encontrado todavía. Cierto es, no obstante, que en los días en que la fortuna me acompaña tal y como termino de desayunar, vuelvo a acostarme, simplemente, por el gusto de acostarme.

            También disfruto, no todo va a ser Andalucía, con las pizzas que hay en el Caffé Italiano de Sevilla Este. Hay una que parece una selva de hierba que tiene y, sin embargo, como le ponen bresaola (cecina italiana) y parmesano, aquello es gloria. Tengo la impresión de que una solución a los problemas es echarle queso o panceta a lo que sea. Un día de estos le echaré queso a mis libros de la Facultad de Derecho, a ver qué pasa. La panceta es más para cuando comes verdura y tienes que hacer, de alguna forma, que aquello sepa a algo. El brócoli, por ejemplo, que es una especie de alga terrestre que un troglodita vio comerse a una cabra. O a una vaca. Algo que, a su vez, también fuera comible.

            En esta suerte mía, la melancolía me ha llevado a escribir esto, pues, estando a dieta, he hecho rico a un tipo que lleva una granja de pollos. Sin más, no me queda más que recomendarle ir a Asturias a comer cachopo. Si van a Bilbao, hagan pintxopote, déjense llevar por los locales. De Galicia no se vayan sin probar el pulpo, en Extremadura compren chacina varia y, si van a Turín, pasen por el Cammafá. Qué cosa más bonita: Venden allí una pizza que de buena que está yo diría que es incluso artística. ¡Ah! Y en Florencia, antes que al Duomo, hay que ir a comerse un bocadillo a “All’antico vinaio”. Hay uno de tocino, crema de trufa y queso pecorino que quita las penas.