Crónica de un rockero feriante

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Foto Alberto Paredes

Todavía no me puedo creer que haya salido de una pieza, en todos los aspectos. No solo el físico. Pero inexplicablemente (y eso que apostaba lo contrario) ni me han partido la cara ni el corazón. Creo que es la Feria más tranquila que he tenido en mi vida.

Pero no será por ella ni mucho menos. Las peleas siguen por todos lados y el rebujito mancha todos los zapatos caros. Lo que pasa es que la portada iba por mi quinta. Porque ya tengo un cuarto de siglo y no voy como iba hace diez años, ya soy perro viejo y no me meto donde no debo. Me piro si se enturbia la historia y no me vuelvo irracional con la borrachera (que cogerla la he cogido su par de noches, y bien gorda).

Recuerdo una Feria que me pillaría con no más de diecisiete, vomitando frente a la caseta de los Niños Perdidos malamente sentado en la acera. Ni a media tarde llegaría la hora, me apagué un rato y luego me levanté. Y luego seguí, como nuevo. Ahora, me siento al fondo de la caseta tranquilo. Los camareros me saludan con la calidez del currante sevillano que ve al matao de barrio de toda la vida. El que va con eso de “ala, po otro año má shiquillo”.

Tengo la suerte de que uno de mis mejores amigos tiene una buena caseta casi al pasar la portada, y es que ni he salido de allí prácticamente la verdad. Solo cuando me cerraban la barra o aparecía el típico amigo barriendo hacia su caseta. Ni he pisado la mía. Y ni siquiera se me ha ido la olla con el dinero, y mira que tengo un agujero en la mano. En su tiempo a martes ya estaba tieso, y ahora termino la jornada en presupuesto y con margen positivo. Y no es que tenga más dinero que entonces la verdad.

El caso es que esta Feria me ha gustado por poder fijarme más en los detalles y menos en la gente. Por no cruzarme con nadie no deseado. Aunque para eso el truco es fácil: no busques con la mirada. Fuí con la regla de no mirar a nadie que no me silbe/zurre/grite y ha sido tremendamente efectiva. Solo he visto a quien quería ver, y aparte de mis amigos de toda la vida solo me he asegurado de ver a una persona “poco frecuente” en mi día a día.

Ese es uno de los detalles que más me han gustado: el ligoteo. Todo el mundo liga, hay una atmósfera diferente. Y no se hace a malas, se hace bailando y con el cachondeo. El “efecto traje de flamenca” no sólo disfraza, sino que dignifica (hasta cierto punto de alcoholismo eso sí). Aunque, en contrapartida, hay algo que me ha dolido como acero en pecho. Lo digo con la cabeza bien alta: no hay nada mas feo que ver a una preciosa flamenca bailando reguetonto. Todas las casetas, pasadas las 2 de la mañana, pisándole al reguetonto. Eso debería de ser el noveno pecado capital.

Nunca he escuchado tanto reguetonto en la Feria en mi vida, la verdad. Me sobra por todos lados, no lo entiendo. Para poner esa mierda que no pega ni a tiros te pones una de Los Delinqüentes que nunca falla y va como anillo al dedo. O al Makandé mínimo, como me contaba otro buen rockero sevillano en extinción (y menos intransigente que yo).

Pero hubo un momento que me hizo temblar y sólo de haberlo vivido, aunque por poco, me hace irme contento. Escuché a Triana. En la puta Feria de Abril, nunca había escuchado a los reyes de Sevilla. Una banda tocaba el “Tu Frialdad” en una caseta cualquiera y un amigo y yo, volviendo de pegarnos un “paseo fumeta”, los pillamos terminando. Muchos chavales/as bien vestidos pasando del tema, sin saber muy bien qué hacer.

En la caseta de enfrente tenían reguetonto y al poco acabarían allí fijo, pero mi colega y yo la cantamos desde la valla copa en mano y con los ojos calentitos del cloro del mar. Para mí, un oasis en un desierto. Porque me recordó que vengan los turistas que vengan y se lleven las modas chungas que se lleven, todavía quedan sevillanos que mantienen el auténtico espíritu de su tierra.

Porque Sevilla está en ese naneo de Jesús de la Rosa, no en menear el culo como una batidora y arrimar cebolleta. Y mucho menos, en nuestra fiesta más célebre.