Mi cruzada personal contra el gimnasio de enfrente de mi casa

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Si si, el tal Supera Entrepuentes. Ese en el que me meo cada fin de semana cuando vuelvo de fiesta. Si entrais un Lunes y huele como a amoníaco mezclado con whiskey ya sabéis quien ha sido.

Este es uno de los temas que me llevan rodando meses por el escritorio y hoy he tenido una de esas situaciones (ya habituales) que me provocan y me hacen coger la escopeta figuradamente hablando. Una preciosa morena de las que salen de allí cada dos por tres que decidió que la calle era suya y mientras charlaba con su móvil no pareció incomodarle el hecho de estar caminando por en medio de la carretera fastidiando el asunto al resto. Hasta le pité y le llamé la atención junto a otro conductor y ella, a su móvil y dirección a su coche. Me tuve que parar por no llevármela por delante y todo.

Pero más de uno no sabrá de lo que hablo y aquí lo resumo: Sevilla Este, una calle residencial tranquila y un descampado. El típico descampado que todo chaval de los 90’s ha vivido. Cabañas mal hechas y hogueras cuando eras un crío y eso. El típico descampado de barrio de periferia que sobrevive a la urbanización de la zona hasta que todo el mundo quiere echarle el guante. Y ahí está el tema: se lo acabaron echando y como siempre, mal.

La zona necesitaba sí o sí una biblioteca o más bien, un centro cívico con todas las de la ley. Como el de Alcosa, al que al final te ves renegado a ir. Considerando que en la acera de enfrente tiene un instituto de secundaria y unos metros más allá dos colegios de primaria (uno público y otro privado) pensar solo en las oportunidades que se han perdido para esos chavales me toca el estómago. Y considerando además que había (y aún hay) cerca de una decena de gimnasios en la zona ya me hunde la cara en el barro. Hoy mismo he visto a dos chicos y chicas ensayando en la calle una obra de teatro que imagino, sería para una clase de Lengua o algo similar por la edad que tenían (secundaria fijo). Era una reproducción de Hombres Mujeres y Viceinculto. Maravilloso. Vamos que te cagas.

Me río de la gente que decía que “iba a traer dinero al barrio”. A ver, alguien viene en coche al gimnasio. Hace lo que le dé la gana, y se va. Lo mismo en el camino se le caen doblones de oro y eso después germina y sale un árbol de dinerito pero, la verdad, sigo mirando los jardines y no tiene mucha pinta. Si hubiera ido a una exposición de fotografía fijo que por lo menos se para en un bar a comentar lo que ha visto con los amigos. Así tuvo el sábado el bar hasta arriba un amigo mío que trabaja en los “Locales de Sevilla Este”, porque en el Fibes había ese día algo similar.

¡Ojo!, que no quiero decir que sea perder el tiempo. Mi mismo hermano mayor va y hasta yo he pisado un gimnasio en su momento. Pero en nuestro caso al menos fue porque nos lo recomendó el médico (típica desviación de columna). Me parece estupendo la gente que de verdad siente el deporte y tal, y que tienen esa necesidad. Es sano, joder. Pero no vale de nada ir al gimnasio si luego te cenas una pizza más grande que tú. No vale de nada ir a hacer ejercicio porque te sientas viejo o simplemente quieras ligar. Necesitas un nutricionista, unas aficiones más acordes a tu edad o una puta cabeza nueva directamente. Luego pasa lo que pasa: machistas vanidosos y viejos teniendo ataques al corazón con las clases de Zumba. En serio, que uno aquí hasta la palmó.

La calle que nos atañe era la típica donde la gente del barrio aparcaba su coche con tranquilidad. Ahora es una batalla campal y la gente del barrio se está mosqueando. Y el gimnasio tiene parking de pago, que es una miseria no te creas. Pero claro, teniendo calle gratis se pega el día vacío. El otro día me paré a fumarme un cigarro con el gorrilla que lleva toda la vida en ella (un gitano a la antigua de unos treinta y pocos y que ya es parte del barrio, con su melena azabache y su carisma desmedido). “No llevo nada suelto, es que voy al gimnasio” es la frase que más escucha últimamente. Y él pues protestar, poco. No es por la gente de la zona y no seguiría aquí, que somos los únicos que le soltamos la chatarra.

Esta vez me voy fuerte, con uno de mis grupos favoritos y una canción que viene como anillo al dedo. Porque eso es lo que veo cuando me asomo por mi ventana, que da de lleno, un montón de monos pegando saltos a ver si sus vidas mejoran. Fijo que mejoraría si se preocuparan más por quienes son y qué hacen con sus vidas que por el aspecto que tienen. Con lo que un centro cívico hubiera hecho por el barrio…