Cuando estabas, pero yo no

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Llevo un par de semanas chocándome con historias de desamores. Pero no historias amorosas no correspondidas, ni pasionales o profundas: historias de personas en momentos no sincronizados.

Me abro el costillar y encuentro un montón de momentos así en mi vida, y ni me habia dado cuenta. Personas que me quisieron de verdad y a las que no respondí, y personas en las que puse muchísima fe y que nunca me devolvieron nada. Personas que me gustaron pero no lo suficiente, y personas con las que no llegue a dar la talla del todo.

Somos unos putos perfeccionistas de mierda. Nos tienen el seso sorbido y meado. Y luego, a llorar por lo que no dijimos en aquel momento que se nos escapó. A sentirnos mal por saber que le hicimos daño a alguien sin quererlo. Al sabor a sal y a cerveza caliente en la boca, a agachar la vista cuando pasa cierta persona o a esquivar su mirada con la cabeza alta. Tanto que nos exigimos los unos a los otros sin darnos cuenta de que valemos un mojón todos.

Recuerdo lo que me paso con una chica. Salimos con quince o dieciséis años y duramos unos meses, era guapísima y encantadora pero un puto coñazo. De esas personas que no saben cuando callarse. Claro, que yo tengo lo mio con mi arrogancia y vanidad que conste. El caso es que a lo largo de los años tuvimos varias “recaídas” y no dabamos nunca con la tecla. Cuando ella quería volver a intentarlo yo miraba para otro lado, y cuando era yo el que se arrimaba más de la cuenta ella siempre estaba a otro asunto. Con el tiempo y tanta tontería, lo único que conseguimos fue huir el uno del otro y tenernos de todo menos aprecio. Y eso es una mierda, porque nunca se debería de sentir aversión por alguien con quien has compartido tan buenos momentos.

Las cosas se tienen que hablar, y nosotros no hablamos de verdad nunca. Nadie se quiere poner serio, por el miedo a la cruda y triste realidad. Pero no tiene nada de malo no estar donde alguien quiere que estemos. Es un milagro que sigamos cuerdos y todo. Simplemente, hay que mirarse a los pies y a los lados. Lo primero por saber quién coño eres y donde estás, y lo segundo por ver quién está en tu brazo y si te debe de acompañar.