Cuento (para adultos) de cabalgatas de reyes ‘poco’ magos

Érase una vez un país que presumía de costumbres ancestrales. Una de estas costumbres basada en creencias religiosas, casi milenaria según algunos de los destacados prohombres de ese país, era las cabalgatas de Reyes Magos con las que se pretendía que los niños disfrutaran y mantuvieran sus privilegios de una justicia mal entendida al recibir regalos por cumplir con sus obligaciones (buenas notas, buen comportamiento, ser civilizados, etc.). A fin de cuentas, era una costumbre, aceptada por todos, que tampoco hacía daño a nadie, o a casi nadie. Es más últimamente se había convertido en un gran negocio (juguetes, caramelos, fanfarrias, etc.) que reportaba beneficios a muchos y creaba puestos de trabajo, con lo que muchos pensaban que al menos era un mal menor.

El invento de las cabalgatas consistía en que se disfrazaban de reyes tres personas de la localidad y salían en carrozas arrojando caramelos desde las alturas a niños y mayores. Se corrió el rumor, hasta hacerse axioma, de que estos reyes eran mágicos, por lo que se pasó a llamarlos como Reyes Magos. A tal punto de certeza se llegó que poco menos que se excomulgaba socialmente a los que dudaran de los poderes de estos soberanos por un día. La cosa fue poco a poco a más y ya no sólo se echaban caramelos sino cosas que nada tenían que ver, con la idea primigenia. ¡Hasta jamones se llegaron a lanzar! ¡Cosas de este variopinto país de mentiras y vanidades!

Pero como ya los personajes locales se quedaban pequeños, o al menos se empequeñecían ante la grandiosidad y la suntuosidad que se buscaba en los fastos, se pensó en que los puestos de Reyes Magos debían ser ocupados por personas famosas de otras localidades. “Hay que engrandecer la fiesta para que los niños se lo pasen lo mejor posible” era la excusa de los mayores que organizaban los “cortejos reales”. Muchos de los que trabajaban en la organización y que lo hacían de buena fe, se retiraron al ver que lo único que se pretendía era figurar, ser importante al menos por un día para superar complejos de ninguneo, y que muchos supieran que eran ellos los organizadores de los eventos “mágicos-reales”. Lo que se viene conociendo como “postureo” acompañado de cenas, comilonas y otros asuntos menores.

No nos haremos pesados y vamos a ir un poco al grano, a la anécdota que arruinó el invento al grupito de “personajillos selectos”, siempre parapetados en rancias tradiciones para ocultar su poca ética en el comportamiento diario. Pues sucedió que llamaron para coronar como Rey Mago, a un personaje público, que nada tenía que ver con el pueblo, por cierto un gran pueblo, y este sujeto salió por los cerros de Úbeda. La verdad es que no sorprendió a las personas sensatas ya que conocían las inclinaciones poco edificantes del “coronado”, sus costumbres poco ejemplares y sus hábitos a no dar un palo al agua y aprovecharse de los esfuerzos de los demás. Eso sí, los organizadores tenían muy claro que daría lustre y brillo al desfile porque era un habitual de la prensa rosa y de los programas repulsivos de las televisiones; o sea que era muy famoso aunque viviera del cuento y la poca vergüenza era su tarjeta de visita. ¡Un auténtico desecho social!

Como era de esperar, el petardazo no tardó en resonar: durante la presentación de la Cabalgata de los Reyes Magos de la localidad, el sujeto de marras se encargó de echar ceniza sobre todo lo que se puso a su alcance. Quiso dar lecciones de vergüenza, moralidad y ética (él que no sabía ni remotamente que era aquello) a los niños que recibían regalos simbólicamente en representación de todos los niños del mundo. Para ello, y con muy “buen criterio” se quitó las barbas, la peluca y la corona que le caracterizaban y dijo quién era, hizo el ridículo intentando tararear una canción famosa (que por cierto no conocía nadie) y les dijo a los niños qué debían hacer. Una actuación de auténtico esperpento que jodió el invento a los “virtuosos y honestos” organizadores que habían pensado en que la imbecilidad, el poco cerebro y la ausencia de sentido del ridículo no saldría a flote, sino que haría un esfuerzo por disimular, al menos para poder recuperar algo de crédito social en la ocasión que le habían puesto en bandeja.

Resultado: las caras incrédulas de los niños, el no saber qué hacer de los mayores y el bochorno de los otros dos Reyes Magos que iban para que los niños disfrutaran de su fiesta.