Debates

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Cada campaña electoral se origina el mismo problema: ¡los candidatos deben debatir! Es una cuestión en la que le va la vida a la democracia, según parece. Y en ello hay partes muy interesadas, sobre todo dos sectores de nuestra (?) sociedad: la clase política y la prensa. Bueno, toda la prensa no, una parte de la prensa, la que sirve los intereses de las multinacionales, de la sociedad consumista y del poder en forma de dividendos. Lo peor de todo es que tratan de hacernos creer que son ellos los que están en el camino adecuado, y nosotros los que erramos. Y a veces, hasta lo consiguen. Modismos y vicios imperialistas de los yankis que tratan de exportar, cuando no imponer, una democracia a su medida y beneficio.

Para algunas cadenas televisivas, podríamos decir mejor emporios, es vital que sean ellos los elegidos para los debates. En ello les va la vida y los beneficios que dejan los anunciantes de antes y después del acontecimiento. Aunque oficialmente se rasgan las vestiduras si no son los elegidos ya que se consideran los únicos garantes de la democracia (?), los que tienen la patente de corso de la voluntad de los ciudadanos y los guardianes de los derechos del pueblo. ¡Como si hubieran hecho alguna vez algo por la democracia y por los ciudadanos! Eso sí, por cada 15 minutos de anuncios ponen 5 minutos de programación. ¡Los beneficios por delante! No entremos en detalles de algún/a que otro/a periodista franquicia cuyo comportamiento habitual es que el periodista siempre lleva la razón y el político tiene que contestar los que ella o él quiere escuchar, cuando la máxima de una entrevista periodística es “tu pregunta lo que quieras que yo contestaré lo que me dé la gana”

Pero a lo que vamos: a tratar de desmontar patrañas y mentiras. A los políticos les da igual donde se debata. Lo único que les preocupa es que al otro lado de la pantalla, estén sentados muchos votantes muy atentos a las estupideces que digan y al teatro que monten con ataques al adversario, falta de respeto, poca educación y mala leche. Piensan que con eso pueden sacar ventaja y por eso tanto interés y “preocupación” porque la ciudadanía escuche sus “razones”. Y algunos que oficialmente, cuando se les pregunta cámara en ristre y les ponen el micrófono, se ofenden, encabritan y ponen el grito en el cielo por haber sido excluídos del debate, en “petit comité” se alegran de haber sido excluídos ya que no tienen nada que decir y se les vería el plumero con su discurso trasnochado, machista, fascistoide y antidemocrático. “Si no nos dejan participar, hacemos el papel de víctimas y sacamos beneficio en forma de votos” es lo que piensan en realidad. 

Que no participe determinada opción política de extrema derecha puede beneficiar, hipotéticamente, tan sólo a la derecha restante que sí participa en la pantomima de estos debates. Y ello por una razón muy simple: los que piensen votar a la derecha justifican su voto a los “políticamente correctos”. Esos, nunca votarán una opción de izquierdas. Son mentes simplistas y simplonas que no están acostumbradas a mantener actitudes críticas ante nada. Eso sí, su voto tiene tanta validez como el que más, y las derechas lo saben.

Lo que nunca se entenderá es por qué las opciones progresistas caen en estas trampas haciendo el juego al sistema. El debate debe hacerse día a día, y pensando en los ciudadanos, no en intereses partidistas.

Independientemente de debates estériles, absurdos y manipulados, hay una máxima que debe quedar clara para todos los ciudadanos progresistas de este país: ¡todos a votar!, solo así podremos poner fin a la dictadura “democrática” de la derecha.