Democracia, ¿representativa?

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Foto Europa Press

Esta semana ha pasado lo que ya sabíamos que iba a pasar: hemos reelegido como presidente del país a Mariano Rajoy. Rajoy ha sido posiblemente el peor presidente que hemos tenido en 40 años de democracia recuperada, bajo su presidencia España ha asistido impasible a un aumento desorbitado de la brecha social entre quienes más tienen y quienes menos tienen, nuestro sistema financiero ha sido rescatado comprometiéndonos a una devolución del préstamo que afecta al devenir de nuestro sistema prestacional público, la sangría demográfica continúa, y la promesa de esfuerzo y recompensa que se hizo a la juventud ha sido rota de tantas maneras que ya ha quedado irreconocible en un terreno en el que reinan la precariedad y el exilio económico.

Y durante estos 4 años hemos visto como el Gobierno desarrollaba su proyecto político mediante la técnica del Decreto-Ley. En las 9 legislaturas anteriores nunca se había hecho un uso tan exacerbado del Decreto-Ley, que recordemos que la Constitución dice que corresponden cuando existen situaciones de extraordinaria y urgente necesidad, aunque curiosamente el Tribunal Constitucional ha determinado que la apreciación de esas situaciones de extraordinaria y urgente necesidad dependa de valoraciones políticas sin establecer un suelo jurídico al que atenernos.

El uso abusivo del Decreto-Ley significa sustraer de debate y contenido a las Cortes, y a modo de recordatorio, recordemos que estas “representan al pueblo español, ejercen la potestad legislativa y controlan al Gobierno”. O lo que es lo mismo, el Gobierno de Mariano Rajoy inutilizó durante 4 años a nuestras cámaras parlamentarias, salvo cuando convenía que en vez de un proyecto de Ley una iniciativa naciera del Grupo Parlamentario Popular, con una tramitación por vía urgente, como no podía ser de otra manera.

Y es que, aunque el gobierno de Mariano Rajoy sea democrático stricto sensu, no se ha comportado de manera democrática; no ha sido representativo.

Un principio fundamental en una democracia representativa o parlamentaria es el respeto a las minorías. Es decir: el PP ha ganado, y en su momento lo hizo con mayoría absoluta, pero otros cuantos millones de ciudadanos/as optaron por otras opciones políticas que acabaron representadas en las Cortes, y es poco democrático que la opción mayoritaria ningunee a las minoritarias, porque eso significa desoír las aspiraciones de millones de ciudadanos. Entonces tenemos que separar democracia y representación, porque está claro que un gobierno inicialmente democrático puede no ser representativo en su hacer.

Otro ejemplo de actos democráticos que pueden llegar a ser muy poco representativos son los referéndums. En un referéndum, por definición, la opción que gana no sólo excluye a la que pierde, sino que esta última desaparece. Esto es un problema, tal y como vimos en recientes experiencias plebiscitarias. En el referéndum del BREXIT se pudo comprobar cómo los mayores de 50 años decidieron sobre las personas con edades comprendidas entre los 18 y los 49 años, que habían votado mayoritariamente remain.

Otro ejemplo, Colombia, donde las zonas menos golpeadas por la guerra fueron determinantes para el rechazo al proyecto de paz estable y duradera; aquellas personas que no entendían la paz sin que todos los miembros de las FARC pasaran por prisión tendrán que explicarle el rechazo al acuerdo a aquella mujer llorosa que levantaba la foto de su marido asesinado cuando Antioquia celebrara el perdón de Timochenko.

Estos referéndums fueron democráticos, ¿pero fueron representativos? Y esa es la pregunta que nos tenemos que hacer a la hora de definir cuál queremos que sea nuestro modelo democrático. Porque ningún sistema es perfecto, pero aquel con el que decidamos regirnos, ese será el que debamos respetar.