El derbi de Madrid y los insultos

¿Podrían establecer un nexo causal plausible en el que la consecuencia lógica de que al árbitro le gusten los hombres es que vaya a pitar penalty sobre Ronaldo?

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Cristiano Ronaldo, autor de los tres goles del derbi. Europa Press

¿Se escribe derbi? No lo sé como tampoco sabía que aquí se vieran los partidos entre el Madrid y el Atlético de una forma tan diferente a como se ven en Sevilla los derbis hispalenses.

Madrid es una ciudad dividida en dos partes, ya tengo poema al respecto: el Madrid que está de Ventas hacia dentro (“la almendra de la M-30”, se le llama) vive en una casa propia  de la abogacía y la judicatura, de Ventas para fuera, viven sus fontaneros. Yo vivo fuera, en un barrio de lo más barriado, que es como decir “variado”, pero alejándome del glamour decadente que ultimamente tiene el mestizaje de Lavapiés.

Estadio Vicente Calderón, escenario del derbi en cuestión. Europa Press
Estadio Vicente Calderón, escenario del derbi en cuestión. Europa Press

Lo que más me llama la atención es que a los madrileños les cuesta insultar bien o con gracia y que, de entre todos los insultos, “maricón” sigue siendo uno por mucho que exista Chueca desde hace tanto que ya ni siquiera está de moda ir allí a hacer como que se es alternativo. “Maricón” sigue siendo algo que decir al árbitro cuando pita un penalti dudoso sobre Cristiano Ronaldo (que para mi, todo sea dicho, fue falta dentro del área y por lo tanto estuvo bien señalado).

¿Podrían establecer un nexo causal plausible en el que la consecuencia lógica de que al árbitro le gusten los hombres es que vaya a pitar penalty sobre Ronaldo?

Recuerdo cuando, en un partido del Sevilla, un hombre dijo en el Bar La Espiga sobre la nariz del entrenador palangana: “Jiménez, como haya una lluvia de gafas te las vas a quedar toas”. Tanto nexo causal existe entre la napia de elefante boca arriba de Jiménez y el juego del Sevilla como el que hay entre la sexualidad del árbitro y el penalty: La diferencia es que aquel tipo tuvo más gracia. Hay que saber hacer de todo en esta vida e insultar no se escapa de estas habilidades.

El bar, repleto de gente que saca lo peor de sí mismo ante lo único que se lo permite (una indolente pantalla de televisión), se caga en la madre de tal o cual con la misma facilidad con que bebe cerveza. También están los que celebran la ocasión y el posterior gol de Ronaldo imitándole los gestos de chico sin oportunidades que finalmente se hizo millonario. Todo va según se sea de una cosa u otra.

El fútbol, qué cosa. ¿Se verá igual el fútbol en el Madrid de las Ventas hacia dentro? Calle Alcalá arriba, quiero decir, barrio de Salamanca y tal. Igual no llaman al árbitro “maricón”, sino “depravado” o “pervertido”. Seguramente lo insulten igual, pero con otras palabras.

Recuerdo que cuando éramos pequeños jugábamos al fútbol como un elemento social, para relacionarnos con otros muchachos. En el barrio, en el Sevilla-Este de los noventa, se vieron pocos muñecos en la calle, pero muchas pelotas. Jugábamos en una plazoleta con un suelo que raspaba y dolía entonces y ahora lo recordamos mirándonos los restos de rodilla que nos quedan. Si había sido penalti o no se decidía asambleariamente. Nosotros jugábamos al fútbol incluso después de entrenar con nuestros equipos, los mayores veían el partido de los profesionales sólo los domingos y corríamos a ver de quién había sido el gol cuando gritaban.

Ellos, los mayores, iban a ver jugar al Betis y al Sevilla indistintamente, cuando aquello era decente el Betis jugaba antes del Sevilla o viceversa, por lo que muchos echaban la tarde allí. Muchas veces se escuchó un estruendoso “¡Gol!” que se gritaba en comuna y, cuando llegábamos, nos dábamos cuenta de que el Gol había sido contra el Betis y los que habían gritado eran los del Sevilla, también pasaba al revés: Los béticos se vengaban de la misma forma por las ofensas anteriores o de la semana pasada.

No recuerdo que, por aquellos entonces, insultáramos a los árbitros con otras palabras que no fueran las que escuchábamos en el bar cuando corríamos a ver quién había metido.

Ya sea en Ciudad Lineal o en Sevilla Este, se insulta lo mismo, se vomitan igual las tensiones y las frustraciones que se tienen en casa. Si algo tiene de bueno el fútbol y los futboleros es que, a pesar de lo homófobo, racista y machista que se pone la hinchada de vez en cuando, nunca necesitó más psicólogo que una pantalla y la diana del árbitro.

“Árbitro valiente, valiente… y buena gente”, dijo un día Cristian, “el Kily”, aquello fue más novedoso que muchas obras de teatro contemporáneo que vi posteriormente.