Hay que descubrir otros mundos

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Imaginaos que entráis en un autobús cargados de bolsas y tenéis dos sitios libres: uno está al final, más allá de la puerta de salida, al lado de una chica escuchando música con unos cascos enormes, el otro está realmente cerca, al lado de una mujer vestida con velo integral. Lo más posible, dada nuestra información previa, es que optemos por ir al sitio del final del autobús, pese a estar más lejos y ser muchísimo más costoso para nosotros.

En Europa llevamos mucho tiempo con un debate que recorre las calles y eventualmente llega a las instituciones públicas, el cual ha sido el caso de Francia y Alemania. Francia prohibió el velo en los colegios, y Alemania se plantea hacerlo para todo el territorio federal. Curiosamente la proporción de personas musulmanas no es tan grande, y la proporción de terroristas dentro de los musulmanes es testimonial si nos agarramos a las estadísticas objetivas de las que disponemos, que es el mejor punto de apoyo existente.

Asistimos ahora a un contagio de la islamofobia en la que una persona con velo se presenta ante nosotros como una amenaza a nuestra seguridad, y no poder comer cerdo en un comedor escolar es una muestra intolerable de no querer adaptarse al país. “¡En Rusia vivid como rusos!” como clama ese fragmento de discurso falsamente atribuido a Vladimir Putin que pobló con viralidad y virulencia las redes sociales.

Esta nueva forma de entender las cosas está carcomiendo nuestra escala de valores sociales, supuestamente de integración, respeto y fomento de la diferencia. Volvemos a conceptos de “nación” y “cultura” que no tienen que ver con términos como “ciudadanía”. Aspirar a la igualdad no puede consistir en buscar la uniformidad social, sino en dar un trato no discriminatorio a nadie en base a diferentes formas de entender la realidad que no dañan a nadie.

Si todo el contexto en base al cual tomamos decisiones está formado por prejuicios acabaremos por no reconocernos a nosotros mismos en el espejo.

Es ridículo que temamos por la vida de nuestros hijos cuando compartimos parque con madres vestidas con un burka, o que convirtamos un colegio en frente contra la integración de la diferencia cuando la dirección decide que en el comedor o se come chorizo o no se come. Además de una tremenda falta de respeto. Por eso es importante que cuando nos asaltan estos pensamientos nos paremos unos minutos a reflexionar si tienen sentido, identificarlos como tóxicos, y eliminarlos de nuestra cabeza.

El siguiente paso es abrirnos a relacionarnos con esas personas. La comunicación funciona de una manera muy curiosa, porque nos permite reproducir en nuestra mente lo que otra persona experimentó mientras nos cuenta su historia. Al final nuestra mente se construye sobre los relatos que decidimos escuchar, y es mucho mejor crecer sobre relatos muy diversos, vivencias muy distintas con las que comprender que el mundo es muy complejo, pero que esa es precisamente su mejor virtud.

Sed inteligentes, respetuosos, y sentaos con la mujer musulmana de las primeras filas, es el primer paso para descubrir otros mundos.