Y desde primeras, era verdad eso de que cambiábamos

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Siempre he sido contrario a esa idea pero el tiempo me ha dado palos en partes desconocidas de mi cuerpo. Como todos en algún momento de su vida, me he chocado con una realidad que no quería reconocer.

Siempre he visto al personal como si fueran cebollas. Si, como en Shrek. Las cosas que te pasaban afectan a las capas exteriores y en el núcleo, seguías siendo la misma cebolla. Pero ni por esas. Y traigo tres historias, de tres personas que conozco de memoria, que me han hecho cambiar de opinión por fuerza.

La primera es una amiga de la infancia. Siempre fue una mariposa de la vida, una de esas personas que parece que lleva su niño interno de pancarta. Amiga de todos y enemiga de nadie. Con los años y las experiencias que ha tenido, ahora parece otra persona. Irascible, siempre está a la que salta. Hace tiempo que se relacionó con gente extranjera, alumnos de intercambio y tal. Se hizo la reina de los “guiris” y repudia a cualquier persona con la que haya compartido algo de su adolescencia, obsesionada con la mejora comparativa. Amante de la música, se convirtío en carne de gimnasio y ahora es la típica persona que no invitarías a una fiesta en tu casa. Porque te la amargaría, estaría incómoda con la mayoría de personas y a saber por qué.

El segundo es otro buen amigo de la infancia. Un chico enamoradizo, y muy fácil de liar. Su talón de Aquiles siempre fue el chantaje emocional. Una de esas personas que no pueden decirte que no si le lloras, aunque lo que le pidas sea una bestialidad. Y con los años, contra todos los pronósticos, se ha curtido. Ha aprendido a no ser dependiente y hoy por hoy, cuando hablas con él, es el primero que se ríe de sí mismo. Es el paradigma de la persona bondadosa que se da cuenta de que no todo el mundo es como él, y que debe de guardar su luz para quien la merezca sin que eso apague su llama lo más mínimo.

La tercera historia es de otro chico de mi barrio. En la edad del pavo era el típico gallo de corral, muy llamativo tanto en aspecto como en personalidad. Ganador del vivir, le he visto llevarse apuestas del plan “seguro que voy y me la ligo” sin conocer ni siquiera a la implicada. Arrogante y seguro de sí mismo, los años le han dado con la vara (porque se lo merecía la verdad). Pero no se ha hundido el mamón, ahora lo ves por la calle y parece una sombra que sonríe con sorna. Pero una sombra que siempre tiene a mano una buena conversación, a pesar de la impresión que causa de primeras. Es como si se hubiera saciado de lo cotidiano, antes era un bocazas y ahora es el típico tío “del fondo de la barra”. Baila en su pena, sí, pero sigue bailando a su manera. Sin creerse nada, sin molestar a nadie y sin perder su aura.
Me viene a la mente el Be yourself de Audioslave. Me encanta pero creo que tiene un vacío importante: ser tú mismo es lo único que puedes hacer pero, ¿quien coño eres tú mismo, si no eres más que el cómputo de tu educación de crío y las experiencias que hayas vivido y cómo te las hayas tomado? Hay que ser muy fuerte, psicológicamente hablando, como para aguantar la presión social hoy por hoy. Y si cuando la vida te ha echado un pulso te lo ha ganado, te has echado un poquito más a perder. Lo difícil es darte cuenta de que has ganado o perdido como persona. Estas personas, a su manera, han evolucionado. Algunas para mejor y otras para peor, tampoco soy nadie como para juzgarles.

Lo único que sé es que adaptación no es lo mismo que transformación. Así que si eras un cuchillo de plástico de estos de picnic, crece hasta ser una katana o algo asi guapo. Que no te empujen a ser una cuchara si no iba contigo.