Desertores del Rock ‘n’ Roll

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El rockero Loquillo, imagen de Europa Press

Últimamente ando mosca con una cosita, algo que me enfada muchísimo pero me provoca más pena que ira. Algo así como lo que me hace sentir una de mis escenas favoritas del cine: Brandon Lee, El Cuervo: Un tejado y una guitarra.

Creo que este asunto está perdiendo gente. En serio, no sé a cuántos viejos amigos amantes de esto del rock he visto colgar la chupa de cuero. Amantes de Extremoduro que se hartan de raves y de pegar botes hasta arriba de ya sabéis qué; metaleros de la vieja escuela que se cortan las melenas por su trabajo y parece que están en la pubertad; fanáticos de los Floyd que ahora perrean con nada que beban… Y lo peor es que te intentan convencer de que llevan razón en algo.

Ahí va una anécdota buena: me viene a la cabeza un colega que era más músico que nadie hace una década, andaríamos por la secundaria. Siempre estaba guitarra en mano formando y deshaciendo grupos. En realidad siempre lo consideré mi mejor amigo, era lo más mágico que os podríais imaginar. Todo el mundo quería marcha con él. Era tan mágico que ni se preocupaba por las mujeres (algo en lo que cualquier chaval de esa edad pensaba veinticinco horas al día) y por eso llamaba la atención de unas chicas increíbles. Pero eso cambió conforme a los años. Se volvió ácido y empezó a frecuentar las discotecas típicas de reguetoneo, y su actitud cambió radicalmente, hasta el punto en que chocamos tanto que discutimos por primera vez en nuestras vidas. Y nunca olvidaré la frase que me soltó: “tio, a ver si maduras ya y te dejas de tanto rock y tanta mierda”.

Nunca entenderé esa frase. La madurez no tiene nada que ver con dar tu brazo a torcer ante la presión social. Y aquí me enciendo un cigarrillo y saco una sonrisa socarrona: seamos sinceros, es el camino fácil. No es como hablar con alguien en un bar o un concierto. Es localizar una cintura a la que engancharte y a ver si hay suerte. ¿Funciona? Claro, hombre, es probabilidad básica bañada en alcohol, drogas y luces flipantes. La verdad es que cada uno puede hacer lo que quiera y tal, pero a mi eso me apesta. Y ya sabéis que siempre hablo después de haberlo vivido. Me harté cuando era un crío de discotecas lights y eso que tuve la suerte de conocer a gente que nunca olvidaré.

¿Sabéis? El fin de semana pasado estuve en Sanlúcar de Barrameda con unos amigos, en la Caridad y eso. Íbamos cuatro desde Chipiona y nos juntamos con la tropa allí en la playa. Entonces los que venían conmigo (amistades muy íntimas) se fueron a una de esas casetas en las que un DJ está dando caña a bailar y a disfrutar de la borrachera. Al poco llegó otro buen amigo con la chica con la que desde hace poco sale, y se sentaron conmigo. Ella, un encanto, después de que habláramos los tres un buen rato intentó convencerme de que me metiera en el mogollón con los otros. Creía que o bien sentía vergüenza o simplemente quería mantener el tipo, y lo hizo con toda su buena voluntad y aprecio. Pero no deja de ser curioso que ella no contemplara la opción de que sentado donde estaba y mirando hacia mis amigos, me estuviera divirtiendo tanto como ellos. Mi borrachera y yo estábamos allí también, solo que escuchando a Los Planetas en nuestra cabeza.

A veces no sé si la gente cambia porque quiere o porque si siguen siendo como son, acabarían pegándose un tiro. Porque necesitan adaptarse para conseguir lo que en el fondo buscamos todos siempre: afecto. De una forma u otra. La verdad es que soy muy radical, lo sé, pero me da igual. A mí eso de “si no puedes con tu enemigo, únete a él” siempre me ha sonado a cobardía, a falta de personalidad y de principios. Y si no tienes principios no eres más que otro monigote. Me gusta más lo de “morir con las botas puestas”.