Doble rasero

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El otro día estaba viendo la televisión. No suelo verla, hace tiempo que dejó de gustarme. En el sentido menos pedante que te puedas imaginar: es muy triste. Sinceramente: se me fastidió mi ordenador. Estaba viendo los Soprano y me dejó a medio capitulo, en medio de una de las habituales (y siempre interesantes) terapias de Tony. Así que me tuve que sentar en el sofá y coger esa cosa con botones, tradicionalmente conocida como mando.

Y no había nada interesante, como era de esperar. Lo único que se escapaba del tarot y los concursos fraudulentos era el típico programa americano de gente ida. Este iba de caza-recompensas en Hawai, muy salaos ellos, pero con la gracia donde yo te diga. Era un espectáculo dantesco basado en una especie de familia que recién se había escapado de la lucha libre teatral esa que tanto les gusta. Botox, esteroides, dentaduras “Trident” y mucho dramatismo. Pero me llamó mucho la atención la gente a la que perseguían.

A ellos no les hacía nada de gracia. Y que los grabaran, aún menos. No penséis en asesinos en serie, lo mismo era alguien que debía 200 pavos a la Agencia Tributaria. Pero no veas el “Equipo A” como te los vendía, nos estaban salvando la vida por lo visto. Salvándonos de una mujer de 40 años prostituta con hijos pequeños y de su letal deuda con el banco de turno. Luego terminé de flipar del todo: una de las chicas del equipo (concretamente la hija del jefe) es ingresada en la cárcel por, literalmente, ponerse hasta arriba de ron e intentar pelearse con la Policía. Pero no pasó nada, dos minutos después estaba dándole lecciones sobre la vida a una chica con problemas de drogas. Maravilloso.

Es el doble rasero de las narices. Te despistas y lo vuelves a tener encima, parece que sale de las esquinas o algo. Me hizo recordar la historia de un amigo de hace tiempo. Era un chico que desde que tenía memoria lo había pasado mal. Yo, por ejemplo, tengo la suerte de haber pasado una infancia genial. Era un mimado, no os voy a engañar (ni a mí a estas alturas). Pero este chico que os digo lo tuvo jodido desde primeras con sus padres, vivía entre viaje y viaje. Venia y se iba, nunca pudo tener una niñez como el resto de los chicos de mi barrio. Y el tío sobrevivió a todo eso y pasamos una adolescencia increíble. Pero tenía un carácter difícil. Le encontraba defectos a todo el mundo. Aunque, bueno, eso es lo que hacemos todos en realidad, solo que él era uno de esos tipos que no sabía callárselo. Quizás era más sincero que el resto, o quizás tenía más mala leche, pero el caso es que al final todos le dieron la espalda. Uno tras otro y, al final, hasta su mejor amigo. Se marcó “un Brutus” en toda regla y ya nadie se preocupó por él.

Al tiempo se marchó a vivir a otra ciudad y le perdimos la pista. Alguno se entera de algo de vez en cuando por otras personas o redes sociales, pero yo con el tiempo no hago más que pensar que aquellas personas que lo juzgaron (entre las que me incluyo) no tenían ni puñetera idea de lo que es realmente pasarlo mal. Que más adelante fuimos mucho peores y nos creímos con el derecho en su momento de sentirnos mejores que él. Pero no nos aplicamos las mismas reglas, solo el que más levanta la voz se lleva todos los golpes sin tener en cuenta el por qué lo hace. Solo gana el que se supone que está en el lado cuerdo. El que parece más formal. Al que está enfocando la cámara.