Dudas en la vida: ¿Cual es la más grande de todas?

El mundo está lleno de dudas pero, ¿cual es la más grande de todas?

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Cocina vegana gourmet
Revuelto de tofu con setas shiitake y col lombarda.

La dudas se ciernen sobre nosotros y nosotras desde tiempos inmemoriales. Mucho tiempo después de que pasaran muchas cosas, aún no sabemos con determinación cómo ocurrieron. Véase: ¿Cómo se comieron los primeros garbanzos? ¿Cogieron de la mata y, zasca, a la boca? ¿Una vez hecho esto vieron que era inasumible y estuvieron otro tanto sin comer garbanzos hasta que se encontraron una mata en un río -llevaría ahí ni se sabe de tiempo- y, zasca, a comer? ¿Volvieron a comprobar que era inasumible y, después de haber visto que tras meterlos en remojo se podían comer mejor cogieron y los hirvieron, pues habían visto ya que la carne estaba mejor cuando se cocinaba que cuando no? ¿Una vez visto que los garbanzos cocidos también son un suplicio gastronómico le pusieron un poco de cerdo y un poco de pollo, constituyendo la primera pringá y, entonces sí, aquello se podía comer? Quién sabe…

Dudas razonables

Las dudas son convenientes en cualquiera de los casos. Antes de cualquier avance siempre hay un dilema, ¿por aquí o por allá? ¿morcilla con cebolla o me vuelvo loco y le echo arroz?, por ejemplo. No obstante, qué duda -precisamente- cabe de que preguntarse sobre cómo mejorar un plato de comida cuando no se tiene otra cosa es razonable. Preguntarse qué hay al final del universo, también es razonable, y es que así se comprobaría matemáticamente que Dios no existe. Aunque eso lo intuimos bajo lo que se llama “hipótesis negativa” en ciencias sociales. Comprobar matemáticamente que Dios no existe acabaría con no pocas penurias en el mundo y supondría un ahorro de tiempo y dinero en las arcas de ciudadanía y Gobierno.

Una duda que, por el contrario, no es sino una pérdida de tiempo es si no es incoherente que alguien de izquierdas se compre una casa de seiscientos mil euros. No es incoherente porque los precios en Madrid son los que son, en primer caso. En segundo, no es incoherente porque la izquierda lo que busca es el reparto equitativo de los medios de producción aunque, con esto de aceptar la democracia liberal como el mejor sistema que hemos visto nunca, hemos aplazado eso para conformarnos con que todo el mundo pague impuestos. Por ende, que un cualquiera haga con el dinero que ha ganado trabajando -y recalco lo de trabajando, no timando a nadie- lo que le plazca es algo que no le debería importar a nadie. Siempre y cuando pague sus impuestos, claro está. El único problema que tiene eso es que hace seis años Pablo Iglesias, tweet mediante, decía que no se le podía confiar la política económica de un país a alguien con una casa de 600.000 euros. La demagogia es lo que tiene, que donde las dan, las toman.

La gran duda de la vida

De entre todas las dudas del mundo, la más grande no tiene que ver con qué habrá en la cara oculta de la luna. Seguramente lo mismo que en la cara visible y, mientras no sea urbanizable, no nos interesa. Tampoco es qué habrá tras la muerte. Los que se obcecan con eso, y no son pocos, merecen seguir en la más absoluta obcecación. La gran duda de la vida, la duda entre las dudas, es por qué las cosas están mejor en un bar. ¿Cómo puede ser? “Las croquetas de mi abuela son las mejores del mundo”. Cállese, chovinista, y pruebe las croquetas de cierta caseta de la Feria que no vamos a nombrar porque luego se pone aquello que no se cabe. Lo cierto es que uno se toma algo en su casa y puede estar bueno, pero siempre asalta la mente el mismo comentario: ¡cómo tiene que estar esto en un bar! Y es un hecho indescifrable que debería estudiarse aunque, dado lo que se invierte en I+D+I, no llegaré a ver los resultados del experimento.