Dulce sensación de no hacer nada

No hacer nada tiene que ser una sensación maravillosa.

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Homer Simpson haciendo nada. Fox

Levantarse como si fuera domingo. Encender la televisión, dejar que te corrompa su cultura de masas, el pop contemporáneo. Dejar que el canal 24 horas te informe de los últimos avances tecnológicos que se dan en algún sitio del mundo. Disfrutar del sofá. No hacer nada.

Qué mal valorado está tener el cerebro en stand by, pero qué bien sienta de vez en cuando. Coger el móvil y abrir Facebook para cotillear. ¿Qué estará haciendo el tipo que conocí en un Congreso, allá por dos mil once? Es hora de enterarse. Ahora vive en algún país latinoamericano y se dedica a asesorar a no sé quién. Me alegro por no sé qué tipo mexicano, o Guatemalteco, o vete tú a saber.

Desayunar mal y tarde. Que la divina casualidad descubra que hay dulces que están a punto de caducarse porque una vez, hace mucho tiempo, una visita los trajo por educación.  Volverse a la cama y despertarse a la hora del almuerzo. Abrir la nevera y ver toda clase de elementos. Hay restos de albóndigas de ayer, aún tienen salsa. Eso al microondas está bien. Meterlo y disfrutar de la sensación de no haber tenido que hacer nada. Nada en absoluto salvo darle a un botón, abrir el pan y disfrutar de la comida. Encender el ordenador, ir a la aplicación de televisión por internet y empezar una serie nueva, a ver qué pasa. Y no pasa nada en absoluto porque es de superhéroes fantasiosos. No hay que pensar para entenderla, los elementos son sencillos de entender. No hay nada que enturbie la tarde.

Y la tarde pasa y a nadie ha dicho nada en absoluto. Se reclama de la presencia de uno en alguna parte de Madrid. Lamentablemente hoy viene un familiar inexistente. Seguir con la serie de superhéroes que ni aporta ni dice.

Y llega la noche y el día ha pasado sin que se haga nada en absoluto. Esa sensación debe de ser genial. El día que me suceda, lo contaré. Hasta entonces todo son suposiciones.