El adiós a Bowie me vuelve mala persona

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Me gusta Bowie y ayer amanecía muerto, por lo visto. Ya podía haberse muerto mi vecino el aerodinámicamente orejudo zampador de niños cocidos en salsa de pato mutante sobre lecho de extraterrestre. También me gusta el Derecho Civil relativo a los Derechos Reales pero al examinarme hoy tenía dos opciones: Examinarme y aprobar para jamás volver a verla o suspender y perder la beca.

He disfrutado enormemente llamando a las cosas por su nombre pérfido, es decir, insultando. He llamado calvo al calvo, gordo al gordo. He ido a la diana de los complejos más íntimos, he mirado a los ojos como mira una serpiente, he observado el punto más débil de las personas que me he encontrado y he jugado a ser Dios haciéndolas sentir mal. He grabado en mi memoria la micro-expresión ante las palabras de magia negra que son sus perturbaciones y creo que esta noche las revisaré todas antes de dormir a pierna suelta sobre mi conciencia intacta.

¿Bowie? ¿En serio?

En el comedor hubiera envenenado con un laxante cada plato que se servía. Nada serio, pero lo suficiente como para pasar una vergüenza mortal, algo que haga que la gente se sintiese mejor muerta que viva en un sitio donde más que probablemente nadie les iría a velar.

He hecho un auténtico concierto de percusión en la biblioteca, he engañado a mis compañeros dándoles las preguntas de un examen falso y cuando se han ido me he mordido los labios de gozo. He apagado bruscamente los ordenadores de varios estudiantes que tenían sus archivos abiertos y les he deseado no volverlos a encontrar.

Cuando he leído la noticia he pensado que ser bueno era vivir una odisea que no merece la pena.

Qué asco, coño.