“Un gran desafío y valentía en estos tiempos donde las compañías optan por piezas más inanes y comerciales”

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Andalucía al Día, El Buscón crítica Raül Rey

Hoy en día el teatro no es cosa de pícaros, sino más bien de Quijotes. Por eso es admirable que Juanma Cifuentes, a la dirección, y Antonio Campos, en la interpretación, se hayan arriesgado en adaptar para las tablas una novela que, para mayor dificultad, se escribió hacia 1626. Se trata pues de una doble adaptación: la del lenguaje, y la del código, ya que la narrativa y el teatro se gobiernan con diferentes leyes.

Y aquí surge la primera dificultad de esta obra tan digna: contar la biografía de un personaje en el escenario puede resultar algo aburrido, porque en una novela la intención no necesita quedar tan clara desde el principio, sin embargo, en el teatro es asunto primordial: ¿hacia dónde nos encaminamos cuando vemos una obra?, ¿por qué el autor se toma la molestia de contarnos esta historia?, ¿de qué intenta hablarnos? ¿se trata de una crítica a la sociedad española, por ejemplo, de una sátira?

Seguramente Quevedo no tenía mucha intención de criticar los vicios de la época, pero en una versión tan breve quizá el mensaje debería ser más contundente, más obvio. Siempre he pensado que la picaresca, género inventado por y para los españoles, es una descripción de nosotros mismos, de nuestros claros y nuestras oscuridades. Pero en las tablas no debemos quedarnos solamente en la parte descriptiva. Bien es cierto que el ritmo se hace trepidante, y acaso el mencionado escollo quede salvado gracias a esto y así logre, como es cierto que logra, entretenernos desde el principio hasta el final de la representación. Tengamos en cuenta que Campos se enfrenta ante el gran reto de dar vida en una hora a 36 personajes, lo cual acelera el ritmo de cambios (a menudo los personajes comparten escena y solo aportan una palabra o una frase por turno), a pesar de lo cual se entiende el proceso, pero resulta a veces algo engorroso e incluso histriónico, puesto que desde la dirección no le corrigieron el tono: se derrocha demasiada energía (como si en una ópera la soprano estuviera cantando todo el tiempo en los tonos más agudos: puede quedar bonito, sí, pero cansa).

Por otra parte, me parece un acierto el romper la cuarta pared: dado que los cambios de personaje se operan frente al espectador, la artificiosidad teatral es un juego más dentro de la obra y permite ese intercambio con los asistentes e incluso con el técnico, y además estos incisos resultan muy divertidos, como cuando Campos, con gran desparpajo, pide un aplauso para darle tiempo a beber agua: “Es que son 36 personajes; ya no sé qué hacer para ganar dinero con el teatro”. Esa espontaneidad es refrescante y realza aún más el trabajo impecable de un gran actor: el reto era enorme y él lo salva con creces, lo cual aumenta su mérito.

La dirección, por su parte, también se hace evidente en el hecho de que todos los movimientos en escena (y el actor no para de moverse en ningún momento) quedan limpios y justificados. El escenario dispone de pocos elementos, que están muy equilibrados y sirven para los cambios de personaje. Además es un cuadro bonito: un desván lleno de percheros, pergaminos y velas que tiemblan y crean un efecto a veces íntimo y emocionante.

En definitiva, El Buscón suponía un gran desafío y una valentía en estos tiempos donde las compañías optan por piezas más inanes y comerciales. Se pasa un buen rato en compañía de este pícaro y sus desgracias, quizá porque en la España del siglo XXI, los pícaros, los mangantes, son otros, pero seguimos reconociéndonos en ellos.