El Califa Rojo

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A pesar de no coincidir nunca al 100%, ni siquiera en un porcentaje medianamente aceptable, con las posiciones de Julio Anguita, todos sus adversarios, incluso sus enemigos, que haberlos los hubo, fueron conscientes de que era un personaje digno de respeto.
Su coherencia y su honradez, cualidades a las que unía actitudes y comportamientos consecuentes, hacían que no se le pudieran reprochar veleidades ni flaquezas derivadas de hábitos viciados. Para el personaje público, y me atrevería a decir que hasta privado, Julio Anguita González, el valor de la ética parecía estar por encima incluso de sus propias convicciones.

Y es que no es cuestión de estar de acuerdo o no estarlo, pero cuando alguien es coherente consigo mismo, los errores, incluso de planteamientos, también son coherentes. Y ante la coherencia, no cabe más que reconocer que, a pesar de todo, la honradez y la sinceridad son los puentes que unen a los hombres de bien. Porque esa era la esencia del Califa Rojo: su hombría de bien. Un hombre de bien es coherente en su vida, en sus ideas y en la aceptación de las situaciones, a veces no muy afortunadas, que pudieran sobrevenir. Si algo destacaba en este hombre de bien fue que hizo de la ética la piedra angular de su credo.

Luchó por sus ideas, yendo a contracorriente de una sociedad que salía del tenebrismo. Nuestra nación, con una democracia recién estrenada y a la que quedaba un largo trayecto de consolidación y muchas pruebas por superar, aspiraba, como nuevos ricos políticos, a codearse con los grandes países de su entorno. Julio Anguita hincaba los pies en la tierra para mirar al infinito y a veces, el barro llenaba sus botas proletarias manchándolas de realidades ajenas, muchas interesadas, y hacerlo bajar de las nubes que soñaba de una sociedad más igualitaria y justa donde los ciudadanos fueran los protagonistas de sus propias vidas.

Nunca fue cogido en un renuncio: incluso en los últimos tiempos, siguió caminando por los mismos senderos y ello, a pesar de las espinas que llenaban eriales y desiertos políticos, los desencuentros, bulos y críticas que nunca hicieron mella en sus ideas y en el camino a seguir para llegar al paraíso proletario, aunque le fuera toda la vida y parte de la eternidad en conseguirlo. Anguita siempre luchó por sus ideas, y las exponía sin dar rodeos, de cara, yendo directamente y sin tomar atajos fáciles. Tan sólo en una cosa flaqueaba, algo por lo que siempre estaba dispuesto a ceder, incluso orillando sus ideales: la unión de la izquierda, ese quimérico lugar al que en su día se llamó “la Casa Común de la Izquierda”; una casa hoy olvidada y en ruinas a la que, desde muchos frentes, se han enviado palas y retroexcavadoras para allanar el terreno que ocupaba.

Su coherencia le llevó a renunciar a cosas que tal vez para otros serían importantes. Cuando pensó que su tiempo había pasado volvió a su trabajo, a su mesa de profesor y, al llegar la jubilación, optar por la que en conciencia le correspondía. También esa coherencia le hizo tomar como asunto particular la dolorosa muerte de su hijo y no buscar apoyos, que podía haber conseguido, para que los culpables de esa muerte pagaran por su cobardía. Y algo que incluso desde posiciones muy cercanas no se entendió: la renuncia expresa del PCE a liderar esa revolución proletaria. Julio Anguita prefirió que fuera un conglomerado de fuerzas, personas, ideas, movimientos y grupos los que iniciaran el recorrido hacia esa nueva sociedad con la que él, durante tantos años, había soñado.

La irrupción de Julio Anguita en la escena política, en aquellos tiempos en que había que consolidar una democracia balbuceante, supuso tal vez la aparición de una de las últimas figuras del político auténtico, el político al que no le importaba “hacer carrera”, sino defender los intereses de una parte mayoritaria de la sociedad explotada por otra parte minoritaria de esa misma sociedad. Era por tanto, un político incómodo para muchos, pero sobre todo para el Sistema, un Sistema devorador de líderes acomodados.

Ahora más que nunca, son necesarios muchos políticos como él, con su honradez, coherencia, perseverancia y claridad mental que saquen del abismo a esta sociedad gris, dominada por el proselitismo del poder y el dinero. Necesitamos soñadores como el “Califa” y no líderes pragmáticos.