El Escorial de Felipe II, la Moncloa de Rajoy

Felipe II no fue un genio, fue un tipo trabajador que se rodeó de lo mejorcito de Castilla; Rajoy, cuando ha habido que hacer un Gobierno de políticos, lo hizo de gestores.

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Ministros de Mariano Rajoy. Foto de Europa Press

Aprovechando que estamos en los madriles, unos amigos y yo hicimos una visita al Palacio-Monasterio del Escorial, emblema de casi todo lo que podamos imaginar que España ha sido. Curiosamente, además de un madrileño de pro como es Rubén, del que espero que os acordéis, fuimos dos asturianos y un andaluz; los inconquistables y el conquistado por todos en la casa del Rey que dominó el mundo.

Torre del Escorial. Foto de Fernando Camacho
Torre del Escorial. Foto de Fernando Camacho

No es el edificio más alto que verán, pero parece que podría levantarse y darte un guantazo sobrio y regio como el frío que hacía, tan seco que cortaba. Ese palacio no lo hubiera hecho un Luis XIV de la época, nada que ver, Felipe II era castellano como la “z” al final de las palabras y, a pesar de las pinturas italianas, las fachadas son tan desérticas y desapacibles de mirar como los campos de la meseta. “¿Quién limpiará las ventanas?”, dice Javi con un arte septentrional envidiable.

El lunes siguiente recordé aquel soneto de Quevedo:

Miré los muros de la patria mía, (¿Seguro que es patria? Y en caso de serlo, ¿es la mía?)
si un tiempo fuertes ya desmoronados (¿Quién lo sabe?)
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía. (Si sólo fuera la edad…)

Salíme al campo (¿Qué campo?): vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día. (Si supiera del efecto invernadero…)

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte. (Y sin embargo, ahí sigue el Báculo)

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte. (Si supiera de Rajoy, que es tan Felipe IV…)

Felipe II era de un serio que asusta, la némesis del tópico español que nos hemos acostumbrado a vender y, sin embargo, se comió el mundo alejándose de los vicios e intentando acercarse todo lo que pudo a la virtud. A veces pienso en qué hubiera pasado si no se hubiese dejado llevar por las pasiones y se hubiese casado con Isabel I de Inglaterra, que tan dolorosa paliza le dio en el mar del sur de Gran Bretaña. Isabel, la de Valois, que acabó siendo su mujer, era más francesa y más guapa, qué vamos a hacerle.

No creo que fuese un genio, genios eran Julio César o Alejandro Magno, tan viciosos fuera del reinado como victoriosos dentro. Tan genio era Julio César que, por si hubiese quedado alguna duda de lo genio que era, sólo él escribió (y siempre bajo su punto de vista) cómo fueron las Guerras Galas. Felipe II no era un genio, era un tipo trabajador que supo rodearse de lo mejorcito de Castilla (salvo cuando lo de la Armada Invencible). Juan de Austria lo bordó en Lepanto, Manuel Filiberto de Saboya hizo lo propio en la Batalla de San Quintín…

…Rajoy, en dos mil dieciséis, quinientos años más tarde, cuando tuvo que formar un Gobierno de políticos, hizo un Gobierno de gestores. Ni Felipe IV, que como Rajoy gustaba de los entretenimientos y de no gobernar, cometió tal error; incluso “el Rey pasmado”, como le llamó Torrente Ballester, colocó al frente de su gabinete a Gaspar de Guzmán, que hizo lo que pudo, el pobre hombre… Entre que su jefe era imbécil y que su rival era Richelieu, demasiado aguantó.

El coche de Rubén parece que vuela, entrando en Madrid por la A-6 está la Moncloa,  tan angosta, seguramente igual de lejana al gusto por los grandes palacios ministeriales de otras jefaturas de gabinete como el Escorial lo está del gusto palaciego de otras monarquías. Desde que está Rajoy, además, más que palacio, parece un refugio.