El estraperlo

1091
Andalucía al Día, José Campanario

Corrían los años duros, los de quitarse el hambre con las ganas de comer ya que no había nada que llevarse a la boca a no ser la mano para tapar el bostezo que provocaba el vacío del estómago.

Una solución para parchear era recurrir al estraperlo. Bueno ya se sabe: comprar café, azúcar, tabaco y algo más que se pudiera vender a los pocos que tenían un duro, de los de cinco pesetas, que no de los de plata. Y como en todos lados, había algún que otro guardia que hacía la vista gorda porque no había más remedio para que el vecino no pasara más necesidades de las imprescindibles, ¡y de camino si caía algo…! Por la noche, con el saco lleno, campo a través y corriendo entre los árboles, bordeando el camino para no ser visto por la guardia civil. Al que cogían, le quitaban el costo y… dos galletas (de las de manopla plana) para que se le aliviara la “jambre”.

En Cádiz, ¡tu Cai de tu arma, Manolo!, el ingenio se puso en marcha y cerquita de tu tierra, entre la Línea y San Roque, se organizaron unos cuantos estraperlistas que idearon un sistema de lo más original y a la vez complicado para los guardias: en vez de ir ellos cargados o en mulas, pensaron en utilizar perros. Sí, amigo Manolo, has escuchado bien, perros. Les pusieron sus “jangarillas”, se las amarraron por debajo de la panza, se las cargaron con tabaco, cuatro cartones de winston por cabeza canina, y… ¡haciendo millas!.

Andalucía al Día, Aguaderas
Foto Museo Agricultura

Cuando el perro guía empezaba a andar, los demás en fila india seguían sus pasos sin perder el rastro del que iba delante. Pero cuando veían un hombre vestido de verde, mosquetón al hombro y gorro brillante de charol, la estampida era general. Ni que decir que a los civiles al principio los pilló por sorpresa, las siguientes ocasiones intentaron coger los perros y luego desistieron ante tan veloces “contrabandistas”. Luego, los chuchos se reunían dos o tres kilómetros mas adelante, en un cerro pelado y, cuando estaban todos, a seguir de nuevo la caminata en fila hasta llegar al sitio donde esperaban los dueños de los canes.

No fue sencillo el adiestramiento. Lo primero era elegir los perros, fuertes y rápidos, sobre todo rápidos, pero también “listos”. Había que acostumbrarlos a llevar la angarilla y a salir corriendo cuando veían algo verde oliva moverse entre las sombras del camino. Hubo que adaptar los “maleteros” al tamaño de los “porteadores” y que a la vez fueran lo bastante amplios para llevar cuatro cartones de tabaco, dos en cada lado de la angarilla. Había que acostumbrarlos a ir uno tras otro, a dispersarse cuando vieran a la guardia civil caminera y a volver a reagruparse en el sitio adecuado hasta llegar al destino.

Aquellos estraperlistas tenían claro lo de los reflejos condicionados. Y eso que no sabía leer casi ninguno y por supuesto no habían oído hablar, ni por casualidad, del famoso Pavlov.

Y es que, como refiere el dicho, el hambre agudiza el ingenio.