El golpe

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Se sospechaba, pero la evidencia lo viene a demostrar con una claridad palmaria: en la política actual se ha perdido la decencia y la dignidad. Porque es una auténtica vergüenza que ni uno sólo de los partidos políticos de nuestro país haya condenado el golpe de estado de Bolivia. La diplomacia, en muchas ocasiones, sale por la tangente alegando el falso argumento de “es una cuestión interna… no nos pronunciamos…”. Pero en este caso, ni siquiera eso. Bien es cierto que en España, actualmente, las cosas están bastante enrevesadas, que hay un gobierno futuro en el aire y que el tema catalán no acaba de ver luz. Podría argumentarse que Bolivia está muy lejos, que no está integrada en la exquisita bondad de la economía de libre mercado… y cuarenta, o setenta, falacias más, pero la realidad, es que el poderoso emperador usaco vuelve a hacer de las suyas en aras de los beneficios que algunas materias primas pueden aportar a sus empresas, a las suyas que no a las del ámbito de la Economía de Libre Mercado, tan sagrada cuando interesa a los poderosos y tan vilipendiada cuando perjudica a los débiles.

El patrón de comportamiento, o de acontecimientos mejor dicho, es invariable: un país, del tercer mundo, con una economía dependiente de los caprichos del poderoso Imperio, nacionaliza sus fuentes de riqueza. Es decir, su estado, el propietario de los territorios legalmente establecidos, para mejorar su economía y la vida de sus ciudadanos, cambia el chip y las minas que están en su territorio se empiezan a explotar por el propio estado, quitando de las manos extranjeras la materia prima con la idea de que las plusvalías que generen esas materias primas, redunden en beneficio de sus ciudadanos que, dicho sea de paso, son sus auténticos y legítimos dueños. Pues llega el poderoso yanqui y subvenciona, patrocina o apoya un golpe de estado contra los legítimos representantes, elegidos democráticamente además por los ciudadanos de ese país. Para ello utilizan a los siempre dispuestos, faltos de visión y cortos de entendederas portadores de sables, a la gran patronal, a la oposición, o a quién haga falta. Y además, tiene la desvergüenza de seguirle el juego la derecha autoproclamándose, en un alarde de insolencia, en intérpretes de la voluntad popular y exclusivos baluartes de la ciudadanía. Y es la derecha la que sigue el juego, porque los gobiernos de derechas no son un problema para el cuarto poder, sino todo lo contrario ya que, como estamos hartos de comprobar, los intereses del gran capital coinciden con los de la gran derecha.

A los ya añejos y sanguinarios golpes de estado en Chile, en Nicaragua, en Panamá, en Bolivia anteriormente y en muchos otros países del continente americano, han continuado los de Brasil, menos sangriento pero igual de cruel y de injusto, el que se le está enquistando a EE.UU. de Venezuela y ahora, de forma cobarde y traicionera, el de Bolivia. Posiblemente muchos de los españoles no estemos de acuerdo con el gobierno boliviano, salido legalmente de las urnas, pero, al igual que cualquier otro gobierno elegido democráticamente merece nuestro respeto y tenemos la obligación de apoyarlo. Pues ni un sólo partido de nuestro país ha protestado o hecho un simple comunicado condenando el golpe militar. ¿Dónde está ese organismo, la rimbombante Conferencia Iberoamericana donde se lucen los jefes de Estado y el Rey de España cada dos por tres, con los impuestos de los ciudadanos, para dar lecciones de democracia? Tampoco la prensa ha roto una lanza exigiendo respeto a la voluntad de los bolivianos. Eso sí, como ya pasó con Venezuela, en cuanto el nuevo gobierno se pueda sentar en los sillones como titulares, reconocerá como ya hicieron con Venezuela para sonrojo y vergüenza de los españoles, al gobierno boliviano impuesto por la fuerza usaca, a la nueva e ilegítima Presidenta, sierva del país de Donald Trump, le darán visos de legitimidad y acogerán con sonrisas y parabienes las credenciales del nuevo embajador boliviano que gozará, como no, del visto bueno del mostrenco del flequillo.

Porque claro, cuando lo que están en juego los sagrados intereses económicos, al “sistema” le da igual que se asesinen a miles de personas si con ello se consiguen varios cientos o miles de millones de dólares de beneficios. Es sencillamente, la expresión más repugnante del capitalismo para el que la sangre y la vida de las personas no tienen valor alguno.

Lo más triste de todo es que detrás de estos golpes está, como siempre, una mentalidad de nuevos ricos, sajona y falsaria cultura luterana, que pisotea constantemente los derechos humanos y que encima, lo hace con el cinismo de la defensa de la democracia, ese eufemismo que utilizan siempre con el ventajismo del truhán. ¿Cabe más desvergüenza? Sí, cabe el bochorno de callarse y de aceptar los robos del sistema a sus legítimos dueños a los que además, se les asesina para que no molesten.